Cada vez que comienzo a filosofar sobre la posibilidad de que nuestro país renazca con nuevos bríos, que sí es posible alcanzar cierto nivel de democracia, que sí podemos las y los mexicanos tener mandatarios honestos, mis amistades me recuerdan parsimoniosas que los pueblos tienen el gobierno que se merecen y a los líderes que se inventan. Yo quisiera pensar que ese dicho popular no es tan cierto, pero en las labores cotidianas se me dejan venir las lecciones más apabullantes.
Por ejemplo: el sábado salía yo del supermercado con tremenda sed, así que decidí antes de partir detenerme en el pasillo de la fuente de sodas para comprar un agua fresca. Resulta que para pagar debe una dejar su carrito atrás de un pasamanos de metal. Entre yo y mi vehículo de alimentos ya pagados, había una distancia de menos de un metro. Pues resulta que una familia bien vestidita y perfumada salía del super en el momento en que me entregaban mi cambio del agua de horchata. En un microsegundo recibía yo las monedas y alcanzaba a ver de reojo cómo un señor se llevaba mi carrito, estaba segura de que se había equivocado y se daría cuenta de inmediato, pero no fue así. La esposa lo miraba nerviosa mientras yo, dándole un tragote a mi horchata y sin perder el estilo, gritaba como desesperada agente de la Bolsa de Valores, ¡Señor, Señor eeseee es mi carriiito !. Creí que se detendría, pero para mi asombro arremetió con mayor velocidad hacia la puerta, agazapados a sus dos flancos iban la guapa esposa y el méndigo padre del robacoches , quien le decía ante mis incrédulos oídos ¡apúrale, apúrale! La gente nos miraba sonriendo, pero nadie hizo un intento por detenerles, se reían, justo como ahora se ha de estar riendo usted.
Rauda y veloz les di alcance sin derramar una sola gota de mi horchata, y al decirle con voz justiciera ¡Oiga este es mi carrito! la esposa se puso colorada, y ya como por no dejar empezó a esculcar mis bolsas y dijo fingiendo asombro ¡qué barbaridad, esto no es nuestro!
El septuagenario padre se moría de la risa, al tiempo que decía, ¡ ayyy , mire nomás, tiene dueña el carrito! y mirándome a los ojos, sonriente y cínico, me dijo ¡Nos cachó! creímos que no tenía dueño.
Incrédula ante el suceso no pude sino quedarme callada y con equilibrio de cirquera empujaba airosa mi metálico vehículo de víveres, agarrándolo como si fuera un hijo pródigo, y evitando tirar mi preciada y fresca agua.
Pensé, como pensará el amable lector, que la familia volvería por sus compras a la tienda, pero no fue así, con un descaro inusitado, digno de político quintanarroense, me miraron y se dirigieron hacia su automóvil, sin compra alguna.
Podrá parecer absurda la comparación, pero si lo analiza no lo es. Las y los mexicanos tranzan por tranzar. A la familia esta no le hacía falta nada, traían mejor auto que yo, no tenían pretexto alguno y sin embargo hicieron el intento. Así como hacemos el intento de darle mordida al policía para luego quejarnos del mugroso sistema corrupto, así como se compran a los judiciales para que asusten a alguien, o a los jueces para que liberen a los delincuentes, así como cuando nuestras autoridades llegan al poder con la única finalidad de hacer fortuna y mentir sin el menor cargo de conciencia.
A la mexicana, muertos de risa unos roban y otros corrompen, y luego todas y todos a la vez nos quejamos amargamente. Como si la corrupción fuera obra del Espíritu Santo.
Yo por lo pronto hoy empiezo a dudar de la capacidad de la raza de bronce para superarse, para alcanzar un nivel de comportamiento más civilizado. Por lo pronto le recomiendo que no deje solos ni a sus niños y niñas, ni a sus carritos en el súper. Y de las elecciones ya ni hablamos, ya ve.votaron por un sujeto y ahora su abogado, que ni residente del municipio es, tiene en sus manos el destino y la economía del municipio, aunque sea por seis meses, no sabemos si entró con carrito vacío y saldrá lleno.
Lydia Cacho
cacholydia@yahoo.com
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