Miraba los mares de gente vestida de blanco pidiendo paz, justicia y seguridad. Pensé en lo penoso de que mi abuela esté muerta. Finalmente se cumplió uno de sus sueños, desde que se exilió en México, añoraba ver las calles de la ciudad invadidas de pueblo construyendo democracia.
Cuando yo era niña, mi abuela Marie Rose, nacida en Lyon Francia, me contaba las cosas que la gente había logrado en su país con el simple hecho de salir a las calles a exigir a los gobiernos lo que consideraba justo. Por alguna razón inexplicable una de las anécdotas que más me impresionó, como a los ocho años, fue aquella en que subieron de tal grado el precio de la carne de res que las amas de casa de diversas provincias francesas tomaron las calles con su cuchillo y sartén en mano para gritar durante más de seis horas "queremos carne para nuestros hijos".
Mi abuela tenía cien ejemplos de éxitos rotundos de marchas multitudinarias organizadas por amas de casa, grupos sociales, familias enteras, obreros y obreras. Ahora, claro está, me parece más trascendental que hayan logrado el voto para las mujeres y abolir la pena de muerte, por ejemplo. Pero el tema de los bisteces me sigue impactando, me parece fundamental.
Las mujeres salieron a las calles de su patria, haciendo pueblo, como decía la abuela, y lograron derriban una decisión económica tomada en las cúpulas del poder. Incidieron en la importación de carne roja de Inglaterra y finalmente lograron tener carne en los platos de la clase media francesa al precio justo, ni más ni menos.
Mi abuela, en su casa, de origen campesino, siempre tuvo unas hortalizas maravillosas, gallineros con rozagantes aves y algunos conejos y cabras que hacían de delicias culinarias; sin embargo, ella y su madre, sus amigas, sus vecinas, salieron a exigir que todas las familias tuviesen alimento en casa.
En este país, me decía, el problema es que todos se quejan pero nadie va más allá de su parcela. No se trata de hacer actos heroicos individuales, sino de cambiar el destino de la comunidad tomando decisiones que beneficien a la mayoría.
Está claro que mi abuela era una rojilla, como decía mi padre, pero también era una mujer sabia. Estoy segura de que hubiera gozado hasta las lágrimas la emoción de ver que por fin, en México, la ciudadanía marchó por propia voluntad, por ella y por otros y otras, por los males del pasado y por los bienes que sueña para el futuro.
La unidad es sólo el principio, me parece que el mensaje de la marcha evidencia el hartazgo y la noción de que, como lo dice la criminóloga Beatriz Martines, la policía mexicana tiene un margen de autonomía tan amplio que prácticamente hace imposible su funcionamiento normal, sobre todo en el caso de las policías judiciales del país. Por autonomía entendemos no un rasgo de organización administrativa, sino la ausencia de mecanismos de control externo, burocráticos, legislativos y políticos. En muchos estados las y los Procuradores son tiranos de su tierra, hacen y deshacen a su antojo y rara vez son cuestionados a fondo. En muchos casos sus nexos evidentes con el crimen organizado previenen a la ciudadanía de enfrentarse al monstruo judicial.
Claro está que esto puede cambiar, pero necesitamos comprender que la actual situación de las policías mexicanas resulta, no sólo de los regimenes políticos autoritarios, sino además, como aseguran las y los especialistas, es producto de la manera en que la sociedad mexicana privatiza la fuerza pública y la usa para fines privados, y claro está, en la cultura policial, que comparte el resto de la sociedad sobre la capacidad de la gente influyente para modificar el curso legal de las cosas con dinero y poder. En fin, se hace evidente que añoramos una policía eficaz, disciplinada, capacitada y con serios mecanismos de control y vigilancia (hacia el interios de los cuerpos policíacos)
Dice Federico Reyes Heroles en su libro " Conocer y decidir" que la cultura es simple y llanamente todo lo que hacemos. Todo lo que hacemos es una expresión cultural, la cultura se muestra en cómo nos miramos, en cómo nos saludamos, nos vinculamos, nos hacemos el amor, y yo agregaría que la cultura se muestra en cómo reaccionamos ante el dolor ajeno, en cómo defendemos de la violencia a nuestro vecino, a una mujer en la calle, a un niño desconocido. Y no sólo de la violencia de los malosos profesionales, sino a la más discreta y oscura: la violencia estructural, la violencia de Estado, la de las policías corruptas, que siempre encuentra justificación en los intersticios entre la legalidad, la ilegalidad y la abulia ciudadana.
Buena la marcha. Un buen principio para sembrar cultura de legalidad. Las próximas generaciones de mexicanos y mexicanas lo contarán a sus nietas.
Lydia Cacho
cacholydia@yahoo.com
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