Año 3 Numero 14 Diciembre-Febrero, 2003-2004  




Pariendonos
La MaDRE


Hasta hace cien años, las mujeres sabían dar a luz. Pero por razones históricas y sociales muy complejas - algunas de las cuales podremos conocer en este texto -, hoy día, el proceso del parto es controlado casi en su totalidad por una visión masculina, y en su mayoría por hombres, a través del sistema médico.
          En México, siete de cada diez mujeres embarazadas no saben que saben alumbrar, y por eso terminan permitiendo que el sistema médico les raje la panza para sacar a una criatura que, según dice gente que sabe, podría haber nacido, en un 95 por ciento de los casos, sana y salva y sin ayuda de máquinas y drogas. No hay país en el mundo con más alto nivel de cesáreas que el mexicano. ¿Qué revela de nosotros una estadística tal? Revela a una mujer totalmente sometida a un sistema médico misógino.

Los hombres que no paren,
inventan

En 1738, cuenta Claudia Panuthos, autora de Maternidad maravillosa: el tocólogo de la reina de Francia introdujo por primera vez la práctica de colocar a la mujer sobre la espalda durante el parto. La parturienta ya no pudo ver emerger a su hijo nunca más y tuvo que empujar en contra de la gravedad; pero así era más conveniente para el médico.

En 1748, el Dr. William Cadogan escribe: "Con gran placer veo que el fin de la preservación de los niños se ha convertido en responsabilidad de los hombres. Este oficio se ha dejado demasiado tiempo en manos de la mujer, de quien no pueden esperarse conocimientos adecuados para esta labor."

Estamos hablando de una época en donde no se conocía cómo funcionaba el sistema reproductor femenino, y las mujeres eran consideradas defectuosas, inferiores y estúpidas por no ser hombres. Para ese entonces la Inquisición ya se había encargado de matar a millones de mujeres - sanadoras, parteras, practicantes de las antiguas religiones, brujas todas -, acusándolas de herejía. En algunos pueblos el Santo Oficio eliminó al 85 por ciento de las hembras - desde niñas hasta ancianas -, quitándoles también sus bienes en el proceso. Este hecho benefició a la emergente industria médica, eliminando la competencia para los recién graduados de las universidades occidentales, que muy convenientemente prohibían la entrada de estudiantes femeninas.

El parto antinatural

Desde sus comienzos, la industria gineco-obstétrica ha sido parte del sistema autoritario que rige nuestra sociedad. El sistema es incomprensible para las personas que consideran el nacimiento como un evento natural, que respetan a la mujer y a sus funciones naturales. Es muy difícil pelearse contra una cultura que todavía no logra desembarazarse de su enorme terror al sexo y odio al cuerpo. Si las relaciones sexuales están contaminadas desde la médula, también lo está el ciclo de la maternidad, porque sufre de los mismos tabúes sociopsicológicos.
          En tiempos pasados, la vida comunitaria era otra. Una mujer daba a luz en un contexto de amor, de cuidado, entre mujeres. Tal vez existían problemas de higiene en los partos - esa fue una de las razones citadas por las autoridades, para despojar legalmente de la posibilidad que las parteras participaran en los nacimientos -; pero no faltaba amor ni apoyo. Las parteras históricamente eran las nutriólogas, doctoras, ministras y curanderas a la vez. Hoy día, el 70 por ciento de las niñas y niños del mundo - en Holanda, la mayoría -, nacen bajo el cuidado de parteras. En México las parteras son ilegales. Un efecto de la industrialización del parto fue que con la sustitución de la partera por el médico, se fue considerando el embarazo como una enfermedad en vez de un proceso natural y vital.
           El sistema hospitalario, hoy día, fuerza a una mujer saludable y su bebé a que se mantengan inmóviles durante horas en una posición que hace que su parto sea más doloroso y hace peligrar la salud de su bebé, todo para conectarlos a una máquina que por lo pronto ha demostrado sólo incrementar el riesgo a las complicaciones. En Estados Unidos, donde existe un fuerte movimiento que busca regresar el poder a las mujeres en sus procesos naturales, las mujeres llevan años peleando por sus derechos con relación a sus embarazos y partos, y ya existen varias alternativas de nacimientos: en agua, en casa, con las condiciones que favorezcan la comodidad y la seguridad y el apoyo de la mujer. En México, estamos lejos de esto, porque ni siquiera cuestionamos los métodos.

Las mujeres tienen terror de no tener sus hijos en el hospital, porque piensan que los demás saben más que ellas. Pero, como dice el Dr. Marsden Wagner, de la Organización Mundial de la Salud, "nunca se ha comprobado científicamente que el hospital es un lugar más seguro que el hogar para una mujer que tiene un parto sin complicaciones". Y esos son el 95 por ciento de los casos.

En México no existe una infraestructura de apoyo para el parto en casa, a pesar de que
se ha encontrado que los partos con parteras son más baratos, mejores emocionalmente para la madre y para la o el bebé, más naturales y más seguros.
Pero, principalmente, el parto natural es un logro supremo, un hito en la vida de la mujer que le otorga un sentido de poder extraordinario. Aquellas que escogen "ser paridas" a "parir", tal vez no comprenden todo lo que implica, todo lo que les puede regalar esta experiencia en sus vidas. Al final de las cosas, el parto depende de la actitud. El movimiento que favorece el renacimiento de las parteras busca visualizar este proceso como uno integral en la mujer y en la pareja, que otorga una excelente oportunidad para la salud emocional, física y mental de ambos. Parte del aprendizaje es el confiar en sus propias habilidades sin la necesidad de profesionales médicos, farmacología o tecnología.

Bandidos de la historia

Es buen incentivo, también, en los hospitales de cinco estrellas, que la cesárea te puede costar desde 12,000 hasta 25,000 pesos en honorarios de cirujano, en contraste con un parto vaginal, que puede costar entre 8,000 y 9,000 pesos.

Los médicos y el sistema que los protege son de los grandes bandidos en esta historia. Inevitablemente infectados por el machismo de la cultura, se encuentran embelesados por las ganancias económicas y el poder que tienen sobre las embarazadas. Según cuentan varias personas involucradas en el sistema, los obstetras toman las decisiones respecto a los procedimientos durante el embarazo y el parto de manera prácticamente unilateral. A la madre se le trata con condescendencia, y cuando cuestiona al médico, se le considera "paciente problemática".

Las mujeres embarazadas en muchos casos le tienen miedo a su doctor, tienen miedo al abandono, y por eso no cuestionan el juicio del especialista - que no deja de ser una figura de autoridad masculina. La relación doctor-embarazada es un intercambio de consumo y de servicios. El doctor es proveedor de servicios y consumidor de dinero, y la embarazada es proveedora de dinero y consumidora de servicios. Pero bajo este sistema, la consumidora tiene muy pocos derechos. Los vicios del sistema mantienen a la mujer maltratada y menospreciada, aún en niveles donde su nivel cultural se supone que no lo permitiría.

Mujeres dormidas,
dando a luz: a parir
como damas

El parto que hoy se considera "natural" ni siquiera es verdaderamente natural. La técnica Lamaze ha sido llamada "una distracción controlada" basada en el control y no la entrega. Este método fue inventado para que la mujer se concentrara en otras cosas, como su respiración, para no tener que expresar lo que una mujer pariendo expresa. En el verdadero parto natural, la mujer gime, puja, suda, jadea, grita, llora, se ríe, viaja, en otras palabras, por todas las emociones en la gama humana. De hecho, los sonidos del parto son muy parecidos a los sonidos de la relación sexual. El parto mismo, vivido desde la conciencia cósmica, es un orgasmo mayor que cualquier orgasmo sexual. Pero en un mundo que niega la sexualidad femenina, ¿cómo se podría permitir tal explosión?

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