Profundamente conmovida, me he dado a la tarea de escribir este artículo en un intento de evitar el sufrimiento de los bebés que estén por nacer en el futuro próximo y cercano.
Hace tan sólo seis meses di a luz de manera natural a un pequeño de 3.350 Kg. Y por natural me refiero a haber iniciado contracciones después del desayuno, para que después de cinco horas de intenso trabajo de parto, viese nacer a mi hijo en la comodidad de mi cama y en el calor de mi hogar. Todo, sin medicamentos y, por supuesto, sin intervención médica alguna.
Después de permanecer nueve meses en la pasividad de mi vientre, mi hijo tuvo la suerte de transitar de un estado de vida a otro de manera prodigiosa. Su entrada a este mundo fue pacífica, sin prisas, en calma y sobre todo con mucha suavidad.
No permití que se me administrase medicamento alguno que pudiera lastimarme o lastimar a mi hijo. No hubo inducción y mucho menos anestésicos. Me encontraba en la tina de agua caliente, absolutamente relajada, controlando las contracciones uterinas con las respiraciones más lentas y profundas que jamás hubiese realizado, sintiendo como mi cuerpo se abría lentamente para dar paso al descenso de mi hijo. Por increíble que esto pudiese parecer, disfruté enormemente el proceso de "sentirlo". Parte clave para lograrlo es que estaba confiada y no tenía un ápice de miedo. De lo más placentero fue que al final de la etapa de transición (momento en el que el cuello del cervix se encuentra totalmente dilatado), empezaron los "pujos", es decir, aquellos movimientos involuntarios de los músculos del útero que encaminan la expulsión del bebé y que provocan el más increíble de los placeres.
Al momento de salir, mi bebé fue abrazado y serenado por las cálidas manos de su madre y padre, quienes no solamente le expresaron con amorosas palabras lo felices que se sentían de verlo llegar; sino que además, lo felicitaron por la excelente labor y arduo trabajo recién realizado.
Mi pequeño no berreó de angustia y pánico al nacer; por el contrario, el proceso se llevó a cabo con calma. Aguardamos un tiempo razonable para cortar el cordón umbilical, esperamos a que dejara de pulsar sangre al cerebro; y por tanto le dimos el tiempo necesario para pasar de la oxigenación sanguínea a la respiración pulmonar de forma pausada y suave. Mi recién estrenado hijo gimoteó breves segundos, durante los cuales recibió palabras de aliento y cariño. Se quedó en un estado de pasividad y ensoñación absoluto sobre mi vientre vacío.
El vínculo materno y paterno filial
A escasos cinco minutos de descanso, la siguiente hora fue crucial, el pequeño entró en un estado de observación y alerta inigualables. Su mirada estaba concentrada en identificar esas voces que por tanto tiempo escuchó a través de las cálidas aguas que lo sostenían. Me miró y se me quedó viendo, miró a su padre y no dejó de verlo, ¡nos reconoció! Estaba tranquilo, podría decir que nos sonreía con los ojos. Sus manos abiertas y curiosas exploraban mi piel.
A los pocos minutos, comenzó el ascenso, empezó a escalar mi vientre en busca del seno materno. Se empujaba con sus fuertes piernas sobre mi abdomen. Los olores eran de una frescura indescriptible, sobre todo el de su piel, la blanca capa que lo cubría era de un olor sutil y bello que fue absorbiéndose para luego desaparecer. |
El cuarto estaba a media luz y en silencio. Finalmente, vimos coronado su esfuerzo, en donde logró succionar de mi pecho las primeras gotas de nutritivo manjar.
Nuestro bebé corrió con mucha suerte. Nació en su propio hogar, en donde la aproximación de sus padres al parto fue de manera confiada y segura. En el ambiente no se respiraba temor ni miedo. Vivió una transición suave, facilitada por su madre y padre.
Fue respetado al nacer. Nadie violentó ningún momento de su llegada. Por tanto, desde el primer día, mi hijo abrió sus manitas a la vida sin miedo alguno. A escasas horas de haber nacido, lejos de gimotear inconsolablemente, nuestro bebé sonreía abiertamente a un mundo, que sin lugar a dudas, le había dado la mejor de las bienvenidas.
La triste realidad
Tristemente esto no ocurre en la mayoría de los casos. Desmiéntaseme si no, la imagen que tenemos de un recién nacido es la de un bebé llorando despavorido, sollozando de angustia, con las puños cerrados fuertemente, presas del miedo y la desolación de no saber qué es todo lo que ocurrió a su alrededor, y es que ¿fue acaso bienvenido?
Al momento de iniciar el trabajo de parto, lamentablemente en la mayoría de los casos ocurre que, la futura madre parturienta se encuentra presa del pánico, sin control alguno de su cuerpo, mente y emociones. ¡Y cómo no! si lleva años de recibir información de que el parto es peligroso, extremadamente doloroso y que al momento del nacimiento, tanto su bebé como ella corren peligro de muerte. Es por ello que clama desesperadamente la presencia de un médico (que en la mayoría de los casos es un hombre, que jamás ha parido) que "sabe mejor que ella, qué hacer y cómo hacerlo". Esta mujer, lastimosamente, no solamente entrega en manos de un "desconocido" su propio parto, sino lo más grave, a su propio bebé.
El doctor, sin duda alguna, buscará siempre asegurar la vida de la madre y el pequeño, no importando respetar lo sagrado del parto en sí. Pasará por alto la delicadeza del recién nacido y la fragilidad de la madre. Procederá bajo un sistema establecido de atención doloroso tanto para la madre como para el bebé, por la cantidad de acciones agresivas que se les realizan, al provocar el parto con medicamentos, anestesiar a la madre (y por ende al bebé), además de hacerlo en un entorno poco cordial.
Cegados, separados, lastimados, violentados y aturdidos es como se supone debemos no sentir miedo en la vida y ser seres de paz para este mundo que nos da la más calurosa de las "bienvenidas".
Dejemos de referirnos al parto como algo "malo", "doloroso", "temible", o "peligroso". Más bien es algo divino, sagrado, sutil y hermoso.
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