Año 3 Numero 14 Diciembre-Febrero, 2003-2004  





Coatlcue. Madre de la tierra, finales del siglo XV A.D.

En décadas recientes ha surgido un gran interés en la figura de las diosas, en diversos ámbitos, desde la literatura fantástica, en los grupos de mujeres que buscan nuevas formas de comunicación e incluso en las investigaciones históricas con perspectiva de género, que buscan mostrar las entretelas de una teología unilateral y básicamente misógina.

Las diosas nos revelan el lado femenino de la divinidad, que durante siglos ha sido negado en las religiones occidentales, además las diosas de todas las culturas han sido poderes inmanentes, que actúan con el mundo, no desde la omnipotencia lejana como el Dios judeocristiano. La Diosa es la tierra, el agua, el cielo y la luna, es el espíritu de un águila.

Hoy en día mucha gente harta del extremo materialismo contemporáneo, de la misoginia e intolerancia de muchos líderes de la Iglesia, busca en las raíces de la espiritualidad humana nuevos símbolos que sirvan como referentes de su búsqueda mística; las diosas llegan en buen momento para devolvernos el equilibrio perdido hace dos mil años.

Quienes insisten en el monoteísmo como única visión del mundo, aseguran que el politeísmo -o creer en una diversidad de dioses y diosas- es primitivo y elemental; asumen que la gente que habla de diosas y otras entidades místicas superiores, es ignorante e incapaz de ver que hay sólo un Dios, un misterio eterno, una verdad única, en ese Dios masculino creado por la imaginación del hombre a su imagen y semejanza.

Lo cierto es que todas las culturas fueron en algún momento politeístas y siempre creyeron en la unidad de lo divino, el centro de las mitologías es que los poderes sagrados trabajan dentro de la creación completa, pero tienen diversas apariencias o referentes, como dice un proverbio indio "Dios-Diosa es una, pero muchos son sus nombres".

La mayoría de las culturas politeístas, que dependían de las bondades de la naturaleza, dedicaban buena parte de su tiempo a entrar en armonía con el ecosistema, y como las diosas siempre estaban relacionadas con la creación, el latir del corazón y la tierra fértil, la música, la danza y la alegría, eran algunas de las formas de acercarse a ellas, estos procesos incluían casi siempre rituales de cantos, danza, tambores y música, acompañados de la narradora de historias.

El canto a Coatlicue dice: "Oh, flor dorada abierta, es nuestra madre cuyos muslos son sagrados, cuyo rostro es una máscara oscura, viene de Tamoanchan el primer lugar en donde todos los dioses descendieron...

Al evocar a una diosa mientras se cuenta su historia, decían las sumerias, se entra en contacto con su energía universal, armonizando la energía de las que rezan y bailan con la de la Diosa. En todas las culturas que adoraban a la Diosa, el ritmo era sagrado. Hoy en día en la India y Bali, al adorar a las diosas se canta, baila y narra la historia de la divinidad, los tambores tienen la finalidad de conectarnos con el latido del corazón cósmico de la Diosa.

Aunque las diosas pertenecen a determinadas culturas, lo cierto es que siguen siendo la expresión del sagrado femenino. Hablar de las diosas es referirse a lo que las antiguas culturas aceptaban y que esta ha perdido: la dualidad de los poderes místicos de lo masculino y lo femenino como iguales, generadores del equilibrio universal. Hay quien argumenta que la religión católica contempla lo sagrado femenino con las múltiples vírgenes y santas, habrá que diferenciar claramente que estas mujeres sagradas están circunscritas a una sumisión del valor masculino supremo: la virginidad impuesta, la prohibición de la autonomía y la libertad femenina.

Las santas, por su parte, son mujeres consagradas a la Iglesia, a Dios, a servir a los curas y obispos como sus superiores, sin libertad de una completud femenina para vivir, se santifican al sacrificarse totalmente, en cuerpo y alma en nombre de un Dios. Las diosas en cambio son poderosas, llenas de libertad, sexualidad, fertilidad, armonía, alegría.

Las diosas tienen cualidades múltiples, ajenas a la concepción occidental de lo que "es femenino", así son guerreras como Durga, la reina guerrera. Son luz y sombra, pero sobre todo capaces de compartir sus dones divinos con mujeres y hombres por igual.

Para una criatura la madre lo es todo: protección, amor, alimento, intimidad. El universo creado entre la madre y su hija o hijo, rara vez es alcanzado por el padre, no importa cuán bueno y devoto este sea, no llevó en su cuerpo al ser que ahora está en sus brazos, por eso para todo ser humano que conoce a su madre al nacer, ella es el universo, es la primera imagen de divinidad. Casi todas las imágenes femeninas que datan de los años 3000 y 5000 antes de la era cristiana, muestran que nuestros ancestros reverenciaban el poder creador de las mujeres y consideraban a La Gran Madre como el origen de la vida y su nutrimento.

La cultura Navajo tiene entre sus diosas de mayor poder a la Mujer Araña, la que tejió el universo cantando y diciendo a otras mujeres que participaran con ella en la telaraña de la creación. En la mitología griega, Eurinoma tomó las dos colas de serpiente y haló sólo caos, entonces creó el cielo luminoso y el mar, luego el viento del norte, más tarde se convirtió en paloma y de ella surgió un huevo que se transformó en lugares del mundo, toda su creación nace con cánticos

Las y los aztecas llamaron Coatlicue a la Madre de todos los dioses y diosas, y adoraron como la dama de la falda de serpientes, señora de todo lo que está vivo y lo que está muerto.

 

ella es nuestra madre, la Diosa tierra."

En la tribu Gunwinggu de Australia, la diosa Ngalyod o Anciana Madre es protectora de las niñas. Cuenta la leyenda que un muchacho llegó con sus hermanas, niñas pequeñas e intentó violar a una de ellas, Ngalyod llegó en forma de serpiente y le dijo al niño que los hermanos no deben abusar de sus hermanas y se comió al joven.

Tara es la diosa tibetana de la compasión y reina de la medicina. La sabiduría de Tara es invocada actualmente por quienes se dedican a la sanación, ella es la conocedora del viento, del fuego, del agua y del cielo. Es la dueña de los mil ojos para descubrir las enfermedades y de las mil manos para sanarlas.

Oya, la diosa nigeriana, representa a los huracanes y los relámpagos, a ella se le invoca cuando una persona enferma o una mujer triste busca fortaleza. Oya es lo sagrado femenino de la fuerza que sin control puede ser destructiva, pero con él es alegría y poder salvaje.

Pele, la diosa de lo volcanes, de Hawai, es reverenciada hoy día como la que es capaz de retomar el equilibrio de la naturaleza cuando el hombre irrumpe en él. Así, casada con el océano, la diosa Pele resuena y moviliza el centro de la tierra para reacomodar las energías perdidas.

El Islam adora a la diosa Aisha, las japonesas a Amaterasu, en la zona maya mexicana Ixchel es la diosa sabia de la tierra y la fertilidad, en la afrocubana Oshun manda y cuida. Todas las culturas modernas cuentan con diosas que de alguna manera están presentes. Todas ellas iluminan y fortalecen lo femenino, más no sólo en las mujeres sino en todo lo humano. A las mujeres y los hombres occidentales, dice la especialista en mitología Jalaja Bonhem, les caería bien hacer las paces con su sagrado femenino, el mundo, de esa manera sería mucho más rico y equilibrado.

Podemos o no creer en las diosas externas como aquellas que hemos nombrado, lo cierto es que el poder real e irresistible del arquetipo de la Diosa, que da equilibrio a la naturaleza, nunca dejará de inspirarnos e incitar a la pregunta -aunque sea a solas y en silencio- ¿con qué poder superior se conecta esta fuerza femenina que me mueve a ser fuerte y poderosa?

Green Tara, Tibet, siglo XIV

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