En todas partes de la creación hay fuerzas misteriosas sanadoras, que ninguna persona puede conocer a menos que hayan sido reveladas por la divinidad.
Hildegarda de Bingen
Las pobres Claritas en servicio como fueron representadas en el salterio de Ricardo II, Inglaterra. 1293. 
La primera Iglesia cristiana, es decir, la fundada por Cristo, permitía y promovía la igualdad de las mujeres. Jesús tuvo a muchas seguidoras leales, como María Magdalena, Susana, Salomé, Joanna y María de Bethania.
Las mujeres les veían como ejemplos a seguir, los mismos apóstoles lo escribieron, sin ellas, luego de la muerte de Cristo, no se hubiera propagado la palabra de él.
En sus parábolas Jesús usaba las vidas de hombres y mujeres como ejemplos de la fe, humildad y caridad.
Los textos Gnósticos muestran con mayor claridad y según algunos especialistas, mayor honestidad, la valoración de Cristo hacia las mujeres y lo femenino sin el desprecio, la sumisión y cosificación que muestra la Biblia después de tantas interpretaciones masculinas y tendencias misóginas.
El escritor latino Tertuliano describió la importancia del papel de las mujeres en el cristianismo, y a pesar de que una parte de la Iglesia consideraba la igualdad entre hombres y mujeres, e incluso les promovían a trabajar como sacerdotas, profetas, maestras y sanadoras, siguiendo la enseñanza de Jesús al nombrar a María Magdalena como una de sus ministras, la misoginia de la cultura judía ganó la batalla y en el año 200 de la era cristiana se forzó a las mujeres a un rol subordinado. |
Sin embargo, las monjas desde sus espacios cerrados siguieron trabajando como sanadoras, ahora a nombre de un Dios único masculino.
Los conventos se convirtieron en hospitales rudimentarios y poco a poco en centros de conocimientos para mujeres, que aun cuando debían someterse al celibato y al servicio de la Iglesia, al menos tenían acceso a los libros y al conocimiento científico. Muchas comunidades europeas sobrevivieron gracias a las sanadoras conventuales de ejércitos, incluso de reyes y reinas y del pueblo en general. En la Edad Media las monjas comenzaron a estudiar y copiar todos los textos médicos que podían allegarse, se les permitía porque lo hacía "por caridad cristiana", y muchas mujeres cristianas fueron grandes médicas, como Hildegarda de Bingen, quien escribiera el libro científico -que sobrevive a la fecha- más importante escrito por una mujer.
A pesar de las prohibiciones para que las mujeres "ejercieran la medicina" , tanto las monjas como las Diaconesas y más tarde las Abadesas, siguieron utilizando las artes curativas más antiguas pasadas en rituales de mujer a mujer. La imposición de manos hoy conocida como Reiky, era utilizada por ellas, incluso el discípulo Pablo se refiere a una que le "curaba con las manos" llamada Phoebe de Cenchrea.
La reina Radegonda de Merovingian en el año 525 fundó un convento hospital en Poitiers, Francia, donde se dice logró detener varias epidemias con sus conocimientos de medicina tradicional, abrió una clínica para leprosos y luego pidió a su esposo que la dejara tomar la orden y se convirtió en Abadesa.
Así, desde un espacio de subordinación, sin posibilidad de cobrar o ser reconocidas por su trabajo, las mujeres siguieron siendo el motor de la salud comunitaria.

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