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La
Equidad en la Educación Superior
Eduardo Suárez
esuarez@unicaribe.edu.mx
Son
extrañas las intuiciones. Al reflexionar
concienzudamente, buscando la solución
a un dilema o acertijo -sin saber cómo-
se unen en la mente rincones del cerebro que parecían
existir en tiempos y lugares distintos. Está
uno o una pensando en el asunto en cuestión,
y de repente, como un relámpago, cruza
por la pantalla interna -esa que tenemos por dentro
de los huesos frontales, y que sólo se
puede ver con los ojos cerrados- una imagen que,
aunque aparentemente dispar y ajena, es la solución,
la explicación de lo que afanosa e infructuosamente
se trataba de palpar con las neuronas.
Al intentar encontrar la manera de solucionar
un dilema propio de mi actividad profesional,
la educación, súbitamente vi la
imagen de un planeta girando alrededor del sol.
Pretendía encontrar la explicación
a la resistencia que se presenta cada vez que
se discuten cuestiones de equidad de género
en relación a la educación superior.
En mi imagen de los cuerpos celestes vi claramente
que se necesitan dos fuerzas para mantener el
movimiento circular: la de atracción que
ejerce el sol, y la propia inercia del planeta;
si œnicamente existiera la fuerza centrípeta,
el planeta se precipitaría fatalmente hacia
el sol, y si sólo se manifestara la centrífuga,
saldría disparado en línea recta,
eternamente hacia el espacio sideral. La simultánea
acción tiene por resultado la famosa -y
silenciosa- mœsica que creyeron escuchar
los antiguos astrónomos al observar las
esferas celestes.
Con esta extraña visión pude deducir
(más bien: pude ver) por qué tantos
hombres -y mujeres también- se resisten
a tomar en serio, para poder entender y cambiar
nuestra realidad educativa, a la perspectiva de
género. Pude ver la razón de esa
sensación, tan desagradable, de sentir
que no se avanza (que el movimiento es circular)
cuando se pretenden cambios en la manera de plantearnos
el mundo.
La cultura -por razones económicas, históricas
y sociales- tiene una gran fuerza centrípeta.
Es un sol con un poder atractivo descomunal. Jala
con potencia inusitada. Pero hombres y mujeres
no estamos quietos en el espacio: tenemos un movimiento
que nos aleja de lo usual, de los terrenos tradicionales
y que nos impulsa a crear nuevas e imaginativas
soluciones a los enigmas de nuestra existencia.
Cuando se debate la necesidad de cambiar la cosmovisión
basada en la polarización de lo femenino
y lo masculino (que además jerarquiza y
coloca a lo primero como de segunda calidad con
respecto a lo œltimo) se perciben tan intensas
las flamas del astro cultural -con su bagaje patriarcal
de violencia y sometimiento- que la asfixia y
el achicharramiento parecen inevitables. Sin embargo,
hombres y mujeres -en este caso, sobre todo ellas,
desgraciadamente- tenemos ese movimiento opuesto
que nos permite construir lo aœn impensado.
Como muestra, un botón: se discutía
la forma de garantizar la calidad en la enseñanza
universitaria. En una sesión de diagnóstico
y pronóstico previa -en los que la mayoría
estuvo de acuerdo- escuchamos que en un futuro
no muy lejano la representación de las
mujeres en el mundo del trabajo, el estudio y
la investigación sería radicalmente
diferente a la actual: el aumento en nœmero
y calidad de su presencia sería tan grande
que cambiaría para siempre las relaciones
laborales y profesionales de la humanidad.
A pesar de estar de acuerdo en lo anterior, cuando
se planteó la necesidad de tener en el
presente parámetros que aseguraran la excelencia
de la enseñanza, una buena parte de los
controversistas se mostró renuente a admitir
la proporción de género como una
guía de la calidad del cuerpo docente.
Específicamente -además de muchos
otros parámetros, por supuesto- se planteó
como indicador de calidad la proporción
de un mínimo del 40% de cualquier género
(un mínimo de 4 hombres por cada 6 mujeres,
o viceversa) en la constitución del cuerpo
académico. Cómo el ejemplo a discutir
se trataba de la carrera de ingeniería
-tradicionalmente masculina- el debate se arreboló.
Por un lado, se indicaba la mayor cantidad -en
la actualidad- de hombres-ingenieros como un obstáculo
para implantar dicho indicador. Incluso se argumentó
la injusticia de tal procedimiento: muchos hombres
serían víctimas de una "discriminación"
al ser rechazados por razones distintas a su nivel
de preparación. Por el otro, se mostraba
el origen de dicha situación, en la que
las mujeres han sido activamente excluidas del
mundo de la ingeniería, arguyendo a su
vez que dicha infamia era histórica y,
por lo tanto, mucho mayor. Además, se mostró
que la educación debe ser una apuesta anticipatoria,
una conexión no con el pasado de los profesores
y profesoras sino con el futuro de las y los estudiantes.
Y si ese porvenir mostraba de forma incontrovertible
una mayor presencia (tanto en calidad como en
cantidad) de ingenieras-mujeres, entonces estaba
muy claro que en el presente el número
de docentes de ingeniería de género
femenino debía estar de acorde a esa visión.
El resultado fue un movimiento circular que fue
aumentando de forma vertiginosa. El debate nos
dejó perplejos a todos. La lucha entre
la tradición y la anticipación,
entre el presente y el futuro, entre la dominación
patriarcal y las posibilidades alternativas y
emergentes, estaba al descubierto.
Como en cualquier otra situación formativa,
la situación no es fácil. Huelga
decir que es imposible tomar partido por el astro
o por el planeta. La verdadera incógnita
estriba en cómo le vamos a hacer para asegurarnos
de no morir achicharrados o asfixiadas por la
tradición patriarcal; en cómo vamos
ir acumulando en nuestra cultura y tradiciones
las ideas de equidad y transformación que
tanta falta nos hace a todos y todas.
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