Año 2 Numero 11 Julio-Junio, 2003





ELLOS HABLAN

La Equidad en la Educación Superior
Eduardo Suárez
esuarez@unicaribe.edu.mx

Son extrañas las intuiciones. Al reflexionar concienzudamente, buscando la solución a un dilema o acertijo -sin saber cómo- se unen en la mente rincones del cerebro que parecían existir en tiempos y lugares distintos. Está uno o una pensando en el asunto en cuestión, y de repente, como un relámpago, cruza por la pantalla interna -esa que tenemos por dentro de los huesos frontales, y que sólo se puede ver con los ojos cerrados- una imagen que, aunque aparentemente dispar y ajena, es la solución, la explicación de lo que afanosa e infructuosamente se trataba de palpar con las neuronas.
Al intentar encontrar la manera de solucionar un dilema propio de mi actividad profesional, la educación, súbitamente vi la imagen de un planeta girando alrededor del sol.
Pretendía encontrar la explicación a la resistencia que se presenta cada vez que se discuten cuestiones de equidad de género en relación a la educación superior. En mi imagen de los cuerpos celestes vi claramente que se necesitan dos fuerzas para mantener el movimiento circular: la de atracción que ejerce el sol, y la propia inercia del planeta; si œnicamente existiera la fuerza centrípeta, el planeta se precipitaría fatalmente hacia el sol, y si sólo se manifestara la centrífuga, saldría disparado en línea recta, eternamente hacia el espacio sideral. La simultánea acción tiene por resultado la famosa -y silenciosa- mœsica que creyeron escuchar los antiguos astrónomos al observar las esferas celestes.
Con esta extraña visión pude deducir (más bien: pude ver) por qué tantos hombres -y mujeres también- se resisten a tomar en serio, para poder entender y cambiar nuestra realidad educativa, a la perspectiva de género. Pude ver la razón de esa sensación, tan desagradable, de sentir que no se avanza (que el movimiento es circular) cuando se pretenden cambios en la manera de plantearnos el mundo.
La cultura -por razones económicas, históricas y sociales- tiene una gran fuerza centrípeta. Es un sol con un poder atractivo descomunal. Jala con potencia inusitada. Pero hombres y mujeres no estamos quietos en el espacio: tenemos un movimiento que nos aleja de lo usual, de los terrenos tradicionales y que nos impulsa a crear nuevas e imaginativas soluciones a los enigmas de nuestra existencia.
Cuando se debate la necesidad de cambiar la cosmovisión basada en la polarización de lo femenino y lo masculino (que además jerarquiza y coloca a lo primero como de segunda calidad con respecto a lo œltimo) se perciben tan intensas las flamas del astro cultural -con su bagaje patriarcal de violencia y sometimiento- que la asfixia y el achicharramiento parecen inevitables. Sin embargo, hombres y mujeres -en este caso, sobre todo ellas, desgraciadamente- tenemos ese movimiento opuesto que nos permite construir lo aœn impensado.
Como muestra, un botón: se discutía la forma de garantizar la calidad en la enseñanza universitaria. En una sesión de diagnóstico y pronóstico previa -en los que la mayoría estuvo de acuerdo- escuchamos que en un futuro no muy lejano la representación de las mujeres en el mundo del trabajo, el estudio y la investigación sería radicalmente diferente a la actual: el aumento en nœmero y calidad de su presencia sería tan grande que cambiaría para siempre las relaciones laborales y profesionales de la humanidad.
A pesar de estar de acuerdo en lo anterior, cuando se planteó la necesidad de tener en el presente parámetros que aseguraran la excelencia de la enseñanza, una buena parte de los controversistas se mostró renuente a admitir la proporción de género como una guía de la calidad del cuerpo docente. Específicamente -además de muchos otros parámetros, por supuesto- se planteó como indicador de calidad la proporción de un mínimo del 40% de cualquier género (un mínimo de 4 hombres por cada 6 mujeres, o viceversa) en la constitución del cuerpo académico. Cómo el ejemplo a discutir se trataba de la carrera de ingeniería -tradicionalmente masculina- el debate se arreboló.
Por un lado, se indicaba la mayor cantidad -en la actualidad- de hombres-ingenieros como un obstáculo para implantar dicho indicador. Incluso se argumentó la injusticia de tal procedimiento: muchos hombres serían víctimas de una "discriminación" al ser rechazados por razones distintas a su nivel de preparación. Por el otro, se mostraba el origen de dicha situación, en la que las mujeres han sido activamente excluidas del mundo de la ingeniería, arguyendo a su vez que dicha infamia era histórica y, por lo tanto, mucho mayor. Además, se mostró que la educación debe ser una apuesta anticipatoria, una conexión no con el pasado de los profesores y profesoras sino con el futuro de las y los estudiantes. Y si ese porvenir mostraba de forma incontrovertible una mayor presencia (tanto en calidad como en cantidad) de ingenieras-mujeres, entonces estaba muy claro que en el presente el número de docentes de ingeniería de género femenino debía estar de acorde a esa visión.
El resultado fue un movimiento circular que fue aumentando de forma vertiginosa. El debate nos dejó perplejos a todos. La lucha entre la tradición y la anticipación, entre el presente y el futuro, entre la dominación patriarcal y las posibilidades alternativas y emergentes, estaba al descubierto.
Como en cualquier otra situación formativa, la situación no es fácil. Huelga decir que es imposible tomar partido por el astro o por el planeta. La verdadera incógnita estriba en cómo le vamos a hacer para asegurarnos de no morir achicharrados o asfixiadas por la tradición patriarcal; en cómo vamos ir acumulando en nuestra cultura y tradiciones las ideas de equidad y transformación que tanta falta nos hace a todos y todas.

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