Año 2 Numero 11 Julio-Junio, 2003





Princesa rosa

Cecilia Lavalle

Si las mujeres fuimos educadas durante siglos para esperar al príncipe azul, podemos deducir que los hombres fueron educados para buscar a la princesa rosa. ¿Cuáles eran las características (las virtudes decían) que se supone debía poseer esa princesa? Debía ser: amable, amorosa, paciente, sumisa y obediente (por supuesto), dependiente (sin duda), atenta a las necesidades de su marido por encima de las de los demás (empezando por las de ella misma), dedicada por entero al cuidado del hogar y de los hijos e hijas que Dios le diera, entre muchas otras. Estas "virtudes" se enseñaron, se impusieron, se exigieron a las mujeres por muchos siglos. No obstante, para patatœs de unos y fortuna de otras, las cosas cambiaron. La imagen de una mujer sentada, bordando mientras esperaba que un príncipe apuesto y gallardo y valiente la rescatara en lo alto de una torre, y la redimiera con su amor, se ha ido diluyendo como gota de agua en océano. El problema es que muchos hombres no se han enterado, y siguen anhelando a una princesa rosa.
Lilia es una joven mujer. Madre soltera desde hace 8 años, trabajó intensamente para crear lo que ahora es una exitosa microempresa que le alcanza y le sobra perfectamente para mantenerse a sí misma, a su hijo, y en tiempos difíciles también para ser el sostén económico de su hermana, su cuñado y sus sobrinos. Es independiente, trabajadora, eficiente y organizada. Un día se enamoró y hace unos meses se casó. Los cuentos de hadas terminaban justo en este punto con la frase "Y fueron felices para siempre". Falso. Nadie es nunca feliz para siempre; pero para algunas, "siempre" se termina a los dos meses. ¿Cuál es el problema? Su marido quiere una princesa rosa, y ella, evidentemente, no encaja en el papel.
"No lo entiendo, me dijo. El sabía perfectamente con quién se casaba. El sabía que yo no era precisamente el modelo de mujer sumisa y abnegada. Y ahora me sale con que estoy muy poco tiempo en la casa, con que trabajo mucho, con que su sueldo nos alcanzaría perfectamente para vivir bien. Hace un drama cuando no está la comida lista y caliente y servida; o cuando la camisa que se quiere poner no está planchada. Se enoja cuando digo que los dos trabajamos, así que las obligaciones de la casa nos tocan a los dos. En fin. El pleito de ayer fue porque le dije claramente lo que supuse que sabía: No estoy dispuesta a dejar de trabajar, no estoy dispuesta, ni loca, para cerrar la fábrica y tirar a la basura años de esfuerzo, y no estoy dispuesta a ser lo que no soy: una ama de casa que espera que su maridito llegue para ponerle las pantuflas. Esta "luna de miel" a mí me sabe muy amarga".
Es muy posible que este "cuento" tenga un pronto final, que no será feliz para ninguno de los dos. Y es que, en realidad, ninguno encontró lo que esperaba. El supuso que su amada Lilia, se convertir’a por obra y gracia del "sí acepto" en la princesa rosa del cuento que alguna vez le contaron. Nadie le dijo que las princesas rosas son cada vez más una especie en extinción, y menos le dijeron que rara vez una mujer independiente se convierte en princesa rosa. Ella, por su parte, desde hace mucho sabe que el príncipe azul no existe, y lo que es mejor, no es necesario que exista, porque no necesita ser "rescatada" ni "redimida", ni quiere ser mantenida; lo que ella esperaba era tener un compañero, no un patrón.
Moraleja: si se es una mujer independiente, antes de contraer matrimonio hay que asegurarse de que el amado sepa que a lo mejor una se puede convertir en bruja, pero nunca en princesa rosa.

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