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Princesa
rosa
Cecilia Lavalle
Si
las mujeres fuimos educadas durante siglos para
esperar al príncipe azul, podemos deducir
que los hombres fueron educados para buscar a
la princesa rosa. ¿Cuáles
eran las características (las virtudes
decían) que se supone debía poseer
esa princesa? Debía ser: amable, amorosa,
paciente, sumisa y obediente (por supuesto), dependiente
(sin duda), atenta a las necesidades de su marido
por encima de las de los demás (empezando
por las de ella misma), dedicada por entero al
cuidado del hogar y de los hijos e hijas que Dios
le diera, entre muchas otras. Estas "virtudes"
se enseñaron, se impusieron, se exigieron
a las mujeres por muchos siglos. No obstante,
para patatœs de unos y fortuna de otras,
las cosas cambiaron. La imagen de una mujer sentada,
bordando mientras esperaba que un príncipe
apuesto y gallardo y valiente la rescatara en
lo alto de una torre, y la redimiera con su amor,
se ha ido diluyendo como gota de agua en océano.
El problema es que muchos hombres no se han enterado,
y siguen anhelando a una princesa rosa.
Lilia es una joven mujer. Madre soltera desde
hace 8 años, trabajó intensamente
para crear lo que ahora es una exitosa microempresa
que le alcanza y le sobra perfectamente para mantenerse
a sí misma, a su hijo, y en tiempos difíciles
también para ser el sostén económico
de su hermana, su cuñado y sus sobrinos.
Es independiente, trabajadora, eficiente y organizada.
Un día se enamoró y hace unos meses
se casó. Los cuentos de hadas terminaban
justo en este punto con la frase "Y fueron
felices para siempre". Falso. Nadie es nunca
feliz para siempre; pero para algunas, "siempre"
se termina a los dos meses. ¿Cuál
es el problema? Su marido quiere una princesa
rosa, y ella, evidentemente, no encaja en el papel.
"No lo entiendo, me dijo. El sabía
perfectamente con quién se casaba. El sabía
que yo no era precisamente el modelo de mujer
sumisa y abnegada. Y ahora me sale con que estoy
muy poco tiempo en la casa, con que trabajo mucho,
con que su sueldo nos alcanzaría perfectamente
para vivir bien. Hace un drama cuando no está
la comida lista y caliente y servida; o cuando
la camisa que se quiere poner no está planchada.
Se enoja cuando digo que los dos trabajamos, así
que las obligaciones de la casa nos tocan a los
dos. En fin. El pleito de ayer fue porque le dije
claramente lo que supuse que sabía: No
estoy dispuesta a dejar de trabajar, no estoy
dispuesta, ni loca, para cerrar la fábrica
y tirar a la basura años de esfuerzo, y
no estoy dispuesta a ser lo que no soy: una ama
de casa que espera que su maridito llegue para
ponerle las pantuflas. Esta "luna de miel"
a mí me sabe muy amarga".
Es muy posible que este "cuento" tenga
un pronto final, que no será feliz para
ninguno de los dos. Y es que, en realidad, ninguno
encontró lo que esperaba. El supuso que
su amada Lilia, se convertir’a por obra
y gracia del "sí acepto" en la
princesa rosa del cuento que alguna vez le contaron.
Nadie le dijo que las princesas rosas son cada
vez más una especie en extinción,
y menos le dijeron que rara vez una mujer independiente
se convierte en princesa rosa. Ella, por su parte,
desde hace mucho sabe que el príncipe azul
no existe, y lo que es mejor, no es necesario
que exista, porque no necesita ser "rescatada"
ni "redimida", ni quiere ser mantenida;
lo que ella esperaba era tener un compañero,
no un patrón.
Moraleja: si se es una mujer independiente, antes
de contraer matrimonio hay que asegurarse de que
el amado sepa que a lo mejor una se puede convertir
en bruja, pero nunca en princesa rosa. |