|
ESPECIAL:
DIME COMO HABLAS Y TE DIRE QUIEN ERES:
Así hablamos las
mujeres
Silvia Nieto
Reseña sobre el libro "Así
hablan las mujeres", de Pilar García
Mouton
Los hombres van al grano, las mujeres
se extienden en los detalles; ellos tienen un
estilo informativo, ellas emocional; a ellos les
gusta llamar a las cosas por su nombre, ellas
prefieren el eufemismo; ellos afirman, ellas preguntan;
para ellos, hablar es sinónimo de problema;
para ellas, de solución... Lejos de la
fisiología, la biología y la genética,
el elemento que más contribuye a la incomprensión
entre ambos sexos es la palabra. ¿Estamos
condenados a no entendernos, debido a nuestras
distintas actitudes ante el lenguaje?
Por
mucho que diversos hallazgos científicos
hayan contribuido a que se comprendan mejor determinadas
diferencias entre hombres y mujeres, independientemente
de la fisiología, de la biología
y de la genética, la fuerza que más
contribuye a mantener en pie el ancestral muro
de incomprensión entre ambos sexos es la
palabra. Al menos esto es lo que se desprende
de diversos estudios como el de la filóloga
e investigadora Pilar García Moutonacaba
que publica bajo el título Así hablan
las mujeres Las diferencias entre cómo
se expresan unos y otras, su distinta actitud
ante la comunicación, son responsables
de numerosos conflictos entre géneros que
irían desde las desavenencias conyugales
cotidianas hasta la discriminación de la
mujer en el trabajo.
Pero
no todo iba a ser malas noticias (¡menos
mal!). Segœn diversas investigaciones y según
Susana Campuzano, profesora del Instituto de Empresa
que trabajó como directora de marketing
para Chanel, "gracias a las mujeres, el ámbito
pœblico se beneficia de las ventajas de lo
privado. Ellas, con su lenguaje persuasivo, son
grandes negociadoras, vendedoras de ideas, conciliadoras
y poseen una gran capacidad para motivar y apoyar
equipos. Su inteligencia emocional es el complemento
perfecto a la autoridad y poder genuinos del género
masculino". Y es que, como explica la experta
en asesoría política y económica
alemana Gertrud Höhler, "los hombres
se comunican por motivos estratégicos;
las mujeres, para establecer confianza".
Mejor
entre ellas
Es un hecho que las mujeres se entienden mejor
con otras mujeres y los hombres con otros hombres,
es por ello que: comparten los códigos
de rol y lingüística de las personas
de su sexo. Relata García Mouton, "desde
pequeñas, las mujeres están acostumbradas
a hablar mucho entre sí: de sentimientos
sin pudor, los destripan y los analizan, en general,
con mucha mayor facilidad que los hombres. Verbalizan
sus problemas y parecen resolverlos de alguna
manera al contárselos a sus amigas. Para
ellas, hablar es como pensar en comœn".
En cambio, para los hombres, la comunicación
suele tener una función eminentemente práctica,
así que tienden a ser concisos, concretos
y no hablan de sus sentimientos, entre otras razones
porque tienen pocos recursos (falta de entrenamiento
en la infancia, algo que a la mujer le sobra).
En este sentido, resulta muy ilustrativa aquella
encuesta francesa de cuyos resultados se desprendía
que, en una relación, ellos valoraban el
sexo, las caricias y hablar, por este orden. Para
las mujeres, la preferencia era justo la inversa:
hablar, caricias y sexo.
Cortocircuitos
Cuando
esos hombres y mujeres que no comparten el mismo
lenguaje se encuentran en el escenario laboral,
los chirridos de esa maquinaria comunicacional
mal engrasada se dejan oír hasta en Ganímedes
porque, por una parte, se escucha a las mujeres
esperando que hablen como tales y, si no lo hacen,
se les reprueba por ello pero, por otra, se desconfía
de su capacidad para dar la talla en un entorno
donde están mitificadas cualidades masculinas
como la autoridad, la decisión y la fortaleza
y, por supuesto, el tipo de lenguaje que las refleja.
Como comenta Angeles Rubio Gil, socióloga
del trabajo y psicóloga social, que ha
publicado recientemente el libro Superando la
soledad, "un hombre llega al trabajo y afirma,
sea cual sea el puesto que ocupe. Una mujer llega,
y pregunta". Porque, explica esta experta,
"hemos sido educadas para agradar y eso no
casa bien con la idea de liderazgo que impera
en las empresas. Se supone, por ejemplo, que para
ser jefe de personal debes tener la apariencia
de un capataz del siglo XIX. Y no es muy distinto
en el ámbito académico. Yo misma
he tenido que usar gafas, rizarme el pelo y usar
ropa que me diese apariencia de ser mayor simplemente
para poder desarrollar mi trabajo. Igualmente,
las mujeres nos parapetamos tras un estilo de
hablar menos directo, más suave, para protegernos.
Cuando no lo haces puede ocurrirte lo que una
vez a mí: a modo de reproche, un superior
me dijo que yo tenía dentro una psicología
muy masculina, sólo porque llamaba a las
cosas por su nombre y hacía preguntas directas".
Ellas
preguntan y ellos callan
Algo tan sencillo como una pregunta tiene un significado
totalmente distinto. Segœn el psicólogo
estadounidense John Gray, mientras ellas consideran
las preguntas como puentes que se tienden hacia
el otro para dar continuidad a la conversación,
para ellos constituyen peticiones de información.
De ahí que abunden las situaciones en que,
ante una pregunta como "¿verdad, cariño?"
-cuyo objetivo es simplemente dar entrada al otro
en la conversación-, el hombre responda
con un escueto "sí", para ella,
casi equivalente a un silencio. Resultado: la
mujer interpreta ese mutismo como una agresión.
Algo similar sucede en las discusiones. Mientras
ellas cuentan sus problemas, en busca sólo
de solidaridad; ellos tienden a entender la discusión
como una demanda explícita de soluciones.
Creen que se les está pidiendo una respuesta.
Y la dan. A continuación, ellas los tacharán
frecuentemente de insensibles, puesto que lo œnico
que quer’an era consuelo, no opiniones.
Más
emocionales, más fríos
Si para el hombre lo importante en una conversación
es el dato, para la mujer lo que verdaderamente
merece la pena es la emoción. De ahí
que, al hablar, sea más expresiva y se
refiera sin pudor a su interior. Ellos, por su
parte, no están acostumbrados a hablar
de sentimientos y eso les causa problemas con
las mujeres, ya que, "reflejan afecto a través
de la palabra y esperan que el cariño se
les 'cuente' continuamente", explica la investigadora
García Mouton. Esta distinta perspectiva
es la causa de mœltiples conflictos amorosos.
Cuando una mujer se enamora, suele hablar al hombre
con el mismo código con que lo hace con
sus amigas más cercanas. A cambio, espera
que él responda con un trato recíproco
y le diga qué piensa y cómo se siente.
Pero, ¡oh, decepción!, lo que encuentra
es un hombre que le contesta con su propio estilo
de conversación, aséptico, informativo
y mucho menos sentimental; un estilo que incluye
silencios.
Suaves
e indirectas
Si -expone García Mouton- tuviéramos
que resumir en dos palabras cómo quiere
la sociedad que sea la mujer al hablar, sería:
expresiva y suave. Y eso se logra por múltiples
medios: utilización de más adjetivos,
superlativos, partículas intensivas, diminutivos
y palabras expresivas, una entonación melódica
o cantarina... Pero, ademós, la mujer ha
desarrollado otros recursos para resultar poco
o nada agresiva al hablar que, por cierto, han
dado lugar a un buen nœmero de tópicos,
como evitar la discusión o el lenguaje
directo y convertir el eufemismo y la indirecta
en auténticas obras de arte. Hasta tal
extremo se encuentra interiorizada esta cultura
femenina del lenguaje rosa, que quienes diseñan
la publicidad dirigida a la mujer se esfuerzan
mucho por no defraudarla. Así, los anuncios
de tampones y de compresas son el eufemismo en
estado puro; por eso, no usan bragas, sino braguitas;
no tienen la menstruación, sino el mes,
y no tienen sexo, sino que hacen el amor. La fuerza
de estos grilletes lingü’sticos es
tal que perduran a pesar de que parte de la liberación
femenina haya consistido en empezar a llamar a
las cosas por su nombre.
Ellas
hablan mejor
Matilde Hermoso, socia de la asesoría de
comunicación El pie de la letra, no cree
que hombres y mujeres estén más
dotados para algunas cosas. Sin embargo, añade,
"si admitimos que la comunicación
es un ámbito profesional que requiere grandes
dosis de intuición, capacidad para captar
situaciones por encima de lo evidente, analizar
el detalle y crear sinergias, parece claro que
la mujer está históricamente preparada
para moverse en él. Prácticamente
hasta anteayer, la mujer ha reinado en el mundo
de las emociones y el hombre en el de las decisiones.
Este determinismo educacional, cultural y social
ha definido ámbitos de poder y fijado tipos
de comportamiento que, en el caso femenino, han
supuesto una evolución dominante en las
áreas de expresión lingüística
y sus miles de matices. Por decirlo de forma gráfica,
y muy en general, creo que durante siglos el hombre
ha sido orientado a vencer y la mujer, a convencer.
¿Y qué otra cosa es la comunicación,
el marketing, las relaciones pœblicas...
sino vencer convenciendo?"
Que
las mujeres se expresan mejor cuando hablan es,
desde luego, un hecho demostrado. Los sociolingüistas
están de acuerdo en que ellas se preocupan
más de cómo se expresan. Asimismo,
se asume que tienden a copiar las costumbres lingüísticas
de un nivel social superior al suyo. Por ejemplo,
son muy receptivas a los neologismos, conocen
más palabras para designar la misma cosa
que los hombres y se convierten en maestras del
eufemismo con tal de no utilizar palabras tabœ
(sexo, enfermedades, tacos...). Son más
propensas a admitir cambios en su lenguaje si
es para mejorarlo y hacen un esfuerzo extra, en
caso necesario, para hablar correctamente en presencia
de extraños. Una posible explicación
a este hecho es que históricamente la mujer
ha sido la educadora de los niños, que
aprenden a hablar a su lado y gracias a su corrección.
Esto habría podido influir, por una parte,
en su alta valoración del lenguaje; por
otra, su labor correctora las habría acostumbrado
a una reflexión continua sobre él
y habr’a podido contribuir a refinar su
sensibilidad lingüística. Pero hay
algo més: investigaciones apuntan hacia
una especialización del cerebro femenino
en el área del lenguaje.
¿Cerebros
diferentes?
En los œltimos años han sido muchos
los estudios que han tratado de dar respuesta
a la incógnita de si las diferencias perceptivas,
de aptitudes cognoscitivas, lingüísticas,
etcétera, tienen algo que ver con la propia
fisiología del cerebro o las diferencias
de funcionamiento de éste en hombres y
mujeres. Recientemente, por ejemplo, un grupo
de científicos de la Universidad Johns
Hopkins descubrió que el lóbulo
parietal inferior derecho de la mujer (relacionado
con la percepción de sentimientos) se encuentra
más desarrollado que el izquierdo (involucrado
en mayor medida en percepciones de tiempo, velocidad,
movimiento...). Asimismo, parece probado que ellas
utilizan más regiones cerebrales relacionadas
con el procesamiento de las emociones que ellos.
Según
una investigación realizada por psicólogos
de la Universidad de Stanford ambos sexos activan
diferentes circuitos neuronales para codificar
los recuerdos. Mientras que el hombre pone en
funcionamiento en mayor medida el hemisferio derecho,
las mujeres centran su actividad emocional en
la zona izquierda. Esto, según los responsables
de la investigación, podría estar
relacionado con el hecho de que las mujeres fuesen
capaces de narrar con más detalle que sus
maridos recuerdos relacionados con su primera
cita, las últimas vacaciones o una discusión
reciente. Respecto al lenguaje, se ha demostrado
que, mientras en el hombre el hemisferio izquierdo
es el especializado en el lenguaje, en el de la
mujer dicha actividad se reparte entre ambos hemisferios.
Con algo de atrevimiento se ha interpretado esta
ausencia de especialización como la causa
de que las niñas sobresalgan en las pruebas
relacionadas con el comportamiento lingüístico.
"Geishas"
del lenguaje
El alto valor que le concede a la conversación
-su mayor habilidad para ella-, lo que la sociedad
le exige que diga y también calle, as’
como los recursos que ha desarrollado para poder
hablar sin ser censurada por ello, han convertido
a la mujer en una geisha del lenguaje, la experta
guía de una conversación amable,
como la define García Mouton. Entre los
rasgos que la distinguen se encuentra, el hecho
de que potencie las entonaciones aniñadas,
que sonr’a al interlocutor y que se muestre
más cortés, por ejemplo, evitando
los temas conflictivos en sus conversaciones.
Ese esfuerzo por agradar a toda costa no sólo
se refleja en su lenguaje, sino también
en su comportamiento, especialmente en un entorno
hostil como suele ser el de la empresa. Según
una reciente investigación de la consultora
Actual Recursos Humanos, las mujeres son superiores
a los hombres en deseabilidad social, es decir,
muestran una mayor sensibilidad a las presiones
de su entorno social, lo que las hace comportarse
"de acuerdo con lo esperado". Por otra
parte, la mujer coopera más en la conversación
(terminando las frases del otro, haciendo preguntas,
mediante el gesto...) porque ha sido entrenada
para escuchar mejor. Ese esfuerzo colaborativo
se aprecia también en el hecho de que,
cuando hablan entre ellas, las mujeres se sientan
más cerca, se miran y se tocan mucho más
de lo que lo hacen los hombres.
Ensalada
de tópicos
La mala fama que arrastran ellas respecto a su
forma de relacionarse con los demás por
medio del lenguaje no es gratuita, pero tampoco
está fundada en la más diáfana
objetividad. Las mujeres hablan, fundamentalmente,
como la sociedad les exige que hablen, lo cual,
paradójicamente, es también el origen
de los rasgos más vilipendiados de sus
fórmulas comunicativas. Ahí estó,
por ejemplo, el prejuicio de que las mujeres interrumpen
más debido a su incontinencia verbal. Sin
embargo, diversos estudios prueban que eso no
es cierto y que es el hombre quien más
interrumpe en las conversaciones.
Otro
tópico bien asentado es que la mujer no
sabe qué va a decir cuando empieza a hablar,
por eso no acaba las frases y se le escapan los
secretos antes de que le dé tiempo a pensar
que no debería divulgarlos. Sin embargo,
las frases sin terminar pueden ser una manifestación
del espíritu colaborativo de la conversación
femenina, una forma de animar al otro a entrar
en el diálogo. En cuanto a secretos, no
es que los divulguen más, sino que tienen
más, porque la confidencia es característicamente
femenina.
Muy
conocido es también el tópico de
que las mujeres nunca van al grano, sino que se
explayan en los detalles, algo que desespera a
gran cantidad de hombres. Sencillamente, las mujeres
disfrutan narrando los acontecimientos y creen
que, de esta forma, lo que cuentan tiene mayor
interés, más intriga. No es que
no sepan ir al grano. Es que no quieren (porque
es aburrido). En opinión de la profesora
Susana Campuzano, "dado que sus intervenciones
son descriptivas y largas en intensidad que las
del hombre, se ve obligada a darle a su discurso
todo tipo de entonaciones que lo hacen rico y
emocionante. El tiene esta capacidad para intervenciones
cortas, por ejemplo para contar un chiste, pero
se aburre cuando tiene que contar una historia
larga y rica en detalles".
¿Significa
todo esto que estamos condenad@s a una eterna
incomprensión por nuestras distintas actitudes
ante el lenguaje? Nadie es capaz de saberlo. Afortunadamente,
hay mujeres y mujeres, hombres y hombres. Y tal
vez, a fuerza de mezclas, ahora que nos ha tocado
convivir tanto en el ámbito privado como
en el pœblico, lleguemos a dar con un cóctel
interesante.
Pilar
García Mouton es doctora en Filología
Románica por la Universidad Complutense
de Madrid.
Así hablan las mujeres de Pilar García
Mouton, salió a la venta el 13 de mayo
de 2003. La Esfera de los Libros.
|