Cuenta la historia que un niño pequeño caminaba con su padre por el traspatio del circo. El pequeño miró azorado a un gran elefante que se mantenía inamovible atado a una pequeñísima estaca que le unía la pata a una cadena, comparativamente diminuta al tamaño del paquidermo. ¿Por qué es tan estúpido el elefante papá? Preguntó el pequeño. ¿Cómo es posible que no se de cuenta de que él es mucho más fuerte que esa cadena y la débil estaca?. El padre le respondió. Cuando capturaron a este elefante, era pequeñito y confiaba en quien se le acercase con ternura, así lo atraparon y le encadenaron por primera vez cuando las dimensiones de la cadena y estaca eran mayores para él. La primera vez que se vio atrapado intentó zafarse, pues sufría; de inmediato su entrenador acudió a golpearle y le apretó más el grillete a la pata. Cuando el pequeño volvió a intentar liberarse su tobillo sangró provocándole un gran dolor, además de recibir una tunda. Fue creciendo y nuevamente intentó liberarse, cuando se sentía sofocado atado a los deseos de su entrenador, pues quería ser libre como los elefantes de la estepa africana o los de la India. Esta vez el entrenador le castigó con una vara de toques eléctricos que casi le provocan un desmayo. Así siguió el elefante tratando de liberarse, mirando a la gente pasar sin soltarle la cadena, gente que ignoraba su dolor. Y un terrible día, hijo mío, el elefante entendió que no tenia salida, que hiciera lo que hiciese siempre sería castigado por añorar su justa libertad y fue así que dejó de luchar por ella, asumiendo su realidad como la única posible.
Esta maravillosa historia narrada por el terapeuta Jorge Bucay nos ilustra perfectamente el Síndrome de Estocolmo y de Estrés Postraumático que viven las víctimas de violencia.
Ahora será más fácil para usted querido, querida lectora, imaginar lo que sintió durante años la esposa de un famoso empresario quien finalmente esta semana logró romper la cadena, sólo hasta que la dejó medio muerta a golpes, porque ella ya no quería vivir con su esposo. O imaginará a las niñas y niños víctimas del paidófilo Succar. Sin importar su edad, quienes han crecido en el abuso y la violencia en una sociedad a la que poco le importa el dolor ajeno, un terrible día comprenden que esa es la realidad que les tocó vivir. No importa lo que hagan, alguien siempre las encontrará culpables de ser víctimas.
Estas últimas semanas han sido agotadoras para mucha gente involucrada en la defensa y protección de las víctimas de Succar. Aun tendremos muchas lecciones por aprender, por lo pronto, me atrevo a escribir algunas este lunes en que esperamos finalmente la justicia atrape al hotelero criminal. Ahora que sabemos que las víctimas están protegidas por especialistas fuera de Quintana Roo, ahora que la mayoría de periodistas entendieron que al publicar los nombres y fotografías de las víctimas sólo las dañaban a ellas; ahora que las criaturas y sus madres están bajo tratamiento psicológico para darles contención emocional por el trauma vivido por el abuso sexual y por el infringido por quienes e su ignorancia y prejuicio les juzgó sin compasión, atenuando así la culpabilidad del poderoso paidófilo.
Ahora nos queda preguntar por qué tanta gente estuvo dispuesta a opinar entre dimes y diretes atacando a la abogada de las criaturas sin ofrecerse a ayudar, a dar cobijo, ternura y protección a las criaturas. Porque más allá de las animadversiones personales que cualquiera pueda tener con la abogada Acacio, lo cierto es que ha sido ella y su agrupación, quien durante más de dos años en silencio ha encarcelado a paidófilos y violadores y rescatado del abandono a criaturas marcadas por el abuso y la violencia, de manera gratuita y profesional; es ella quien ha invertido sus propios recursos para esto, pues quienes han estado tan dispuestos a opinar no han sacado un centavo de la bolsa para pagar a los paidosicólogos o a los penalistas que viajan a la Capital del país para dar seguimiento a las investigaciones con la PGR y la INTERPOL.
Hoy lunes es un buen día para revisar a nuestra comunidad, para observar cómo somos capaces de posponer la compasión por el dolor ajeno y anteponer las bajas pasiones, las opiniones desinformadas y prejuiciosas. Revise usted los diarios de las dos últimas semanas, tal vez coincida conmigo, muy pocas las notas solicitando la movilización social solidaria para apoyar a las víctimas y sus madres, muy pocas las muestras de indignación de líderes de la comunidad ante los errores de las autoridades y para proteger a las víctimas; demasiadas las descalificaciones fáciles que amarraban navajas. Lo cierto es que nunca antes en la historia de Cancún una víctima de delito tan atroz se vio obligada, por haber sido exhibido su nombre y rostro por las autoridades policíacas, a defenderse ante la prensa para pedir que se detuviera el acoso a ellas y sus familias. Inevitable la pregunta: ¿Qué país estamos construyendo -o acaso destruyendo- en que una víctima que pide ayuda a las autoridades por haber sido, entre otras cosas, amenazada de muerte, tenga luego que solicitar que se centren en juzgar al criminal y no a ella y las demás?. ¿Por qué resulta tan fácil sentarse en cafetines a destruir vidas y tan difícil unirse para salvarlas?¿por qué nos resulta tan sencillo pasar frente al elefante y juzgarle de estúpido cuando no somos capaces de acercarnos a soltar la estaca que le condena?. Por qué el Gobernador no se pronunció en la defensa de las víctimas y se mantuvo al margen de un, ahora internacional, escándalo criminal.
¿Por qué nos somos capaces de pensar, por un instante: "si esta fuera yo, o mi hija o mi hijo, o mi sobrino, qué esperaría que mi comunidad hiciera por nosotros"? ¿dónde la esperanza de un futuro libre de violencia?. El terrible mensaje para estas criaturas, futuras ciudadanas, es que el crimen sí paga en esta patria y la verdad y justicia para muy poco sirven..
Lydia Cacho
cacholydia@yahoo.com
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