Año 3 Numero 13 Octubre-Noviembre, 2003  




El hombre lobo
                  agazapado

 

 

 

 

 

O tal vez haya que decir: su carácter es múltiple. Aunque con la salvedad de un "depende". Hay quienes lo tienen más plural que otros u otras, y lo aceptan o se lo reconocen más. Pero hay que partir que la atracción ("el deseo en potencia") puede ocurrir en cualquier momento y nadie escapa a su imperiosa manifestación. Entonces, se convierte en acción, se transmuta en construcciones fantasiosas o simplemente se reprime. Si sólo del deseo se tratara, todos los seres humanos practicaríamos la infidelidad algunas veces, frecuentemente o hasta que el cansancio lo impidiera. Dependiendo, como se mencionó, de los temperamentos.

Pero no nos conducimos solamente por el principio del placer; lo hacemos también por su opuesto, el principio de realidad. Se escoge, se calcula, se decide, se consulta con la conciencia. La libertad deja atrás la lógica de la necesidad y de la satisfacción inmediata que preside la existencia del deseo. Porque el deseo se prende de la figura, del olor, de la presencia, de la mirada, y sólo claudica cuando las otras dimensiones del sujeto reconducen su impulso directo, sin mediación, urgente.

Los hombres son más libres de traducir el deseo en acto y, por lo tanto, ejercen la seducción más abierta y constantemente. O sea, toleran más en su mundo interior la infidelidad, aunque el grado de culpa también varía. Mentir no es fácil y el principio de la lealtad -cuando no ha desaparecido completamente- no deja de producir cierta inquietud y desasosiego. Por naturaleza o por cultura, el deseo del hombre se posa aquí o allá, con distinto grado de alegría y disposición, pues, como en todo, los límites de la generalización están bien claros. No todos somos iguales, no todos tenemos la misma capacidad de simulación, no todos tenemos el mismo grado de esclavitud ante el deseo.

Hay que aclarar, sin embargo, que existe la infidelidad como incursión, como aventura, como búsqueda de develar lo enigmático que tienen todas las mujeres. El amante épico del que habla Milan Kundera. Porque existe la otra infidelidad, la del estado permanente, fijo, definitivo o de largo aliento. En el hombre ésta se torna en una condición definitiva que desdobla el alma, perdiéndola. ¿Quién puede vivir con dos versiones de la realidad en el pecho? Aunque hay algunos que viven con tres, cuatro... ¿Quién no pierde el alma en esas condiciones?

Ésta es la dimensión trágica de la infidelidad: lo paradójico aparece cuando los hombres pasan de ser sujetos de la infidelidad a ser objetos de ella. Hace muchos años fui testigo de una historia que ilustra lo que pasa con un hombre cuando la mujer se atreve a volverse amante épica. El personaje hombre al que me refiero era un conductor de masas, un político inteligente que pasó por los desafíos más peligrosos, ingentes y desesperados. La capacidad de autocontrol fue ejemplar y su figura lo hizo disfrutar del regalo amoroso de muchas mujeres. Pero sucedió un día, como inevitablemente pasa. Su mujer tuvo una aventura y, entonces, el carácter flemático y el autocontrol desaparecieron. Fue la locura en él y la tortura en la mujer, impecable e implacable, persistente y sin fin. Ella huyó, pero descubrí que todos los hombres tenemos un lado oscuro, una especie de hombre lobo agazapado.

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