Año 3 Numero 13 Octubre-Noviembre, 2003  




Somos
muchas mujeres

Sentada en la incómoda silla de un restaurante, frente al amigo que intenta ser más que eso, pero a quien su lenguaje le imposibilita desear conocerme deveras, miro la copa que tengo entre las manos, y escucho silenciosa los juicios preconcebidos que ha hecho sobre mi. Antes de hoy no habíamos cruzado más de diez palabras, sin embargo, él asegura que me conoce por haberme leído. Intento persuadirle "a una mujer no se le conoce únicamente por lo que escribe" quise decir, pero él estaba enfrascado en su concepción de mí, y guardé silencio. La despedida desató un cúmulo de pensamientos en mi mente y espíritu, pero no había mayor posibilidad de diálogo antes sus últimas palabras... "Se ve que eres una mujer difícil, siempre tienes una respuesta para todo".

Más tarde, ya en casa, dejé volar mi mente, y descubrí que ante la imposibilidad de abrir un diálogo con un dueño del prejuicio, no puedes explorar abiertamente el misterio, porque toda respuesta conlleva la interpretación de lo preconcebido, porque una mujer no es unas palabras escritas solamente. ¿qué soy entonces ? me pregunto a mi...

Me miro frente al espejo y descubro que en este rostro hay una sonrisa holgada, cómoda y tranquila, hay una palabra haragana que no se fue, cuando otras salieron al encuentro de la mirada. En la amplitud de mi gesto pintado de carmín, se extiende hogareña una pata de gallo juvenil, y sobre ella, las cejas con ansia maternal, cobijan a estos ojos, que ya no son los mismos con que miré el mar por vez primera, con que creí ser yo la que miraba la espalda desnuda de mi alma.

Me reí sola, al comprender que admitir que soy en voz alta, me ha abierto puertas desconocidas y me ha cerrado ventanas que parecían eternamente abiertas; que andar por la vida con la seguridad de que nada es imposible,

mas que salvarse de la muerte, se puede interpretar como una desmedida sobrevaloración del ser, que atreverse a ser todo lo que se sueña, es un pecado.

Ando por la calle, hablo con hombres y mujeres, de pronto vuelvo a la santidad de mi hogar y miro el último cuadro que pinté. Es una mujer desnuda que tiene alas y en su mirada refleja lo cómoda que se siente con los plumíferos instrumentos de vuelo. Me quito la ropa, mientras poco a poco van cayendo las etiquetas que me han adjudicado quienes no me conocen, me hace falta decir que una debe ser muchas mujeres para ser entera. Un día parezco la Afrodita del amor porque hablo de las bondades del sexo masculino; pero también hubo quien creyó que podía ser hija de Circe la hechicera. Otras veces, condenada a no ser creída por los otros, me pensé Casandra portadora de una profecía enmudecida.

Una no es una, es muchas mujeres, -hubiera querido decirle al hombre esa tarde- pero él estaba allí para decirme quién era yo, no para permitirme que fuera descubriéndome ante él.

Quise decir que a veces quiere una sentirse como Leda, quien cómodamente recostada frente al lago, se deja seducir por un cisne desconocido, que la penetra como el mejor de los amantes, sin la necesidad de una escrutación emocional.

Quiere una gritar que no se es la misma el jueves por la noche, que un martes por la mañana, cuando se amanece hecha una Yocasta trágica y suicida, por un dolor profundo que la despertó atravesando el alma desde la madrugada.

Que cuando se viene el domingo de las elecciones y una vive tanta impunidad, anochece con el heroico espíritu de una Antígona que desafía la ley de los tiranos corruptos, para proteger a la familia y el honor de las y los otros.

Hay tardes como esta, en las que recuerdo que Quimera no es una ilusión sino un monstruo de raza divina, hijo de la hidra Lerna. Hay otras, en que una quiere seducir -como lo hizo Rea- a Cronos, para que antes de morir nazcan de esa aventura, dioses y diosas capaces de transformar el mundo a tiempo. Existen días en los que doce horas no alcanzan para escribir las pasiones que recorren el cuerpo, y voy notando mientras escribo, que de estas manos despeñadas de arrugas, surgen descaradas las hostias de mis uñas, y los nudillos rebeldes se quieren desceñir de sus propios enredos; mientras la telaraña oscura de mis venas derrama su opinión, sin importarle que de su torrente alebrestado, se escape el corazón, y se desborde en el papel sin higiene o decoro. Pero luego entiendo que mi afán no conoce mesura, y vuelco con las manos mi corazón desnudo, sola, sin nadie que lo reciba.

Guardo silencio cuando miro que mi sexo prodiga su nombre entre mis piernas, y humedece su boca ante el anhelo de enardecer sin tregua. Que fundido en su misterio se consume un deseo, sólo para renacer inquieto y goloso, carmín erguido, insurrecto y ansioso.

Me río porque se que no conoce al silencio, y a veces ni al amor, ni al verso ; pero igual se desborda como un río salvaje lleno de libertad y desafío. Se monta poseso y loco sobre el carnoso y dulce milagro del cuerpo del hombre que amo.

Después, sin prejuicios, tras los muros que me resguardan del mundo, del feminismo al machismo, del prejuicio absurdo, con una bocanada de amor y de deseo, vuelve a latir ardiente y eróticamente femenino y en un insólito denuedo al grito, ofrece el manifiesto fondo de mi vientre, a la dulce marea del néctar de la vida.

En mi soledad recuerdo el pasado, en que las y los humanos hemos jugado a desear amantes para luego convertirles en lo que quisiéramos que fuesen.

Como Anacreonte afirmó maliciosamente su historia, desvirtuando la realidad para la posteridad; olvidamos que la isla de Lesbos donde nació la poeta Safo, abrigaba el apasionamiento de las mujeres que buscaban afanosamente la felicidad absoluta, la de sus hijos y sus esposos, a través de la completud del ser. Así -como Anacreonte- hombres y mujeres andan por la vida cegados por el prejuicio de lo que se avisa a primera vista. Leo la Oda a la mujer amada , que Safo escribió observando a una bella niña y a un jóven hermoso, que como un Dios castigaba con el silencio a la que suspiraba por él. Safo escribía al amor ideal, hablaba con las mujeres y niñas de la asfixia que ilumina el dolor, con la pasión inefable de la poesía, con la divinidad de lo masculino y lo femenino que hay en todo ser, consagró con el lenguaje lo absoluto; para finalmente pasar a la historia, únicamente, como la madre del lesbianismo.

Como ella, hombres y mujeres cumplimos todos los días la sanción del oráculo, sin permitirnos revelarnos antes nuestro prójimo como seres íntegros. El prejuicio -escribo esta noche- nos ha convertido en seres fragmentados, en tuertos y tuertas que no vemos, sino parcialmente, la luz de los otros y otras.

 

Por eso celebro el valor de todas y todos aquellos que han hecho posible que exista durante dos años Esta Boca es Mía; amistades y equipo de trabajo incansable, quienes se afanan en alejarnos del prejuicio y abrir, para toda la gente, puertas y ventanas a la libertad de la palabra y la esperanza.

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