Claudia Fronjosá Aguilar
cfronjosa@unicaribe.edu.mx
Nuestra cultura tiende a polarizar los atributos de las personas y las cosas. Es mala o es buena, se es fuerte o se es débil, se es racional o se es emocional, no hay puntos medios. Pareciera que cualquier manifestación en un sentido imposibilitara el atributo contrario, como los seres humanos fuéramos totales y estáticos.
Como si no nos moviéramos en un continuo y según las circunstancias, el estado anímico y la etapa de vida (entre otros factores) pudiéramos echar mano de toda la gama de cualidades, atributos, actitudes y sentimientos humanos, según sea conveniente o adecuado.
Además, existe una división sexista del mundo, donde los valores, roles y cualidades son diferentes para unas y otros, a cada sexo se le asignan características distintas y se consideran excluyentes las unas de las otras.
Las mujeres no escapamos de ser divididas y clasificadas aun entre nosotras. No sólo como seres distintos de los hombres, con características psicológicas y anatómicas diferentes, así como oportunidades sociales desiguales, sino que somos divididas en función de nuestra sexualidad, de cómo la vivimos, especialmente de cómo la ejercemos y experimentamos.
En nuestra cultura no existe una clara separación entre sexualidad y reproducción. La posibilidad de vivir una sexualidad ajena a la reproducción, en relación directa con la vivencia placentera y gozosa del cuerpo sigue siendo, en muchos casos, tabú, pecado, secreto... perteneciendo al mundo de lo clandestino, lo innombrable, lo prohibido. Mientras que la sexualidad reproductiva cuenta con una gran valoración social y en amplios sectores de la población es la única manera legítima de vivirla, aunque no sin condiciones y las respectivas culpas que conlleva, ya que es considerada como un "mal necesario".
Lo que da lugar a distinguir, básicamente, entre dos tipos de mujeres; las que viven su sexualidad gozosamente, independiente de la reproducción, que disponen y deciden sobre su propio cuerpo, y por lo tanto son consideradas mujeres fáciles , libertinas ,... las putas . Y por otro lado, las mujeres que ejercen una sexualidad limitada y parcial, con un fin reproductivo, como obligación matrimonial, ciertamente no siempre responsable, alejada de las propias necesidades y ajena a la obtención de placer, en función de otros, estas son las madres .
Hago referencia al termino madre en el sentido que le da Marcela Lagarde quien plantea que en nuestra cultura todas las mujeres somos madres real o simbólicamente. La autora plantea que no hace falta tener hijos/as para desempeñar funciones maternales, ya que la cultura patriarcal inculca, educa y espera que las mujeres se vivan en función de ser -para y de- otros. Anteponiendo las necesidades de los demás a las propias, ignorando los propios deseos, sirviendo, cuidando, agradando a las y los demás.
En muchas ocasiones podemos descubrirnos fungiendo de madres de nuestras parejas, hermanos, maridos, amigos, amigas e incluso de nuestros compañeros y compañeras de trabajo.
Haciendo de madres en este deformado concepto de ser madre , entendido como sacrificio, entrega total, pasar a segundo plano. Asumiendo responsabilidades que no nos tocan y dando prioridad a otros y otras antes que a nosotras, para que no se nos acuse de egoístas (la peor acusación que se le puede hacer a una madre), quien debe hacer TODO por sus hijas e hijos; por su familia.
Si bien es cierto que la maternidad es una función social necesaria, importante y una experiencia trascendental de vida, es también una decisión personal, no un requisito en el camino de ser mujer, no es una obligación, ni debe ser el eje de la sexualidad femenina.
Tampoco quiero decir que no pueda experimentarse una sexualidad reproductiva a la vez que placentera (pero son las menos de las veces); justamente ese es el reto, pues en este mundo de polaridades excluyentes, donde se es una u otra cosa, para las mujeres armonizar ambas plantea grandes dificultades a nivel psíquico, relacional y social.
Conciliar ambos polos depende de nosotras, de cómo nos concebimos, nos pensamos, nos asumimos. Debemos ser capaces de explorar las diferentes potencialidades que se encuentran en nosotras, escucharnos, conocernos mejor y sobre todo, no quedarnos atrapadas viviendo estereotipos, siempre rígidos y limitantes.