Sin detenernos en las razones por las cuales una mujer irrumpe en la relación amorosa de otra, merece la pena resaltar que en la mayoría de esos casos las dos entablan una guerra -a veces sutil, otras, muy violenta- por ganar el reinado y a su rey.
En realidad, ése es uno de los muchos escenarios en donde las mujeres antagonizamos unas contra las otras por el reconocimiento de los hombres. Marcela Lagarde asegura que esto es resultado de una clave patriarcal en la que, para que una mujer sea elegida, otra debe ser excluida. "Dependemos así del valor que nos confieren los hombres", dice la feminista mexicana. "Lo masculino es lo hegemónico y se convierte en el referente universal del ser humano. La relación entre mujeres, por lo tanto, no es directa; hay un mediador que nos da valor: el hombre".
Conceptuado así, se aclaran muchas actitudes incongruentes que tomamos las mujeres cuando "defendemos" a nuestro hombre. Si bien a nadie le gusta que le quiten lo propio, la mujer "oficial" se toma la tarea de desprestigiar la reputación de la intrusa con comparaciones degradantes con las trabajadoras del sexo, cuando menos. Mientras, la contraparte no entiende cómo la otra ha mantenido tanto tiempo al susodicho a su lado si es casi una bruja que no le da lo que él necesita.
En este estira y encoge, el blanco de los afectos de ambas se hace los quites cuanto puede. Muy rara vez tomará una decisión definitiva, pasa sin protestas a ser la víctima de todo aquello y hay quienes incluso azuzan el avispero con el síndrome "Peléame, querida, peléame", muy apropiadamente acuñado por las guatemaltecas Mariel Aguilar y Lucrecia Ardón.
¿Por qué no responsabilizar a cada quien con lo justo? Al fin y al cabo, ¿quién traicionó la confianza de quién en primer lugar? ¿Por qué está con ambas? ¿No se sabía de antemano que estaba comprometido? ¿No lo conocemos ya lo suficiente? ¿Por qué no pedirle a él que rinda cuentas? Y sobre todas las interrogantes, ¿merece la pena este hombre?
Honestamente creo que ni Picasso es digno de que nos rompamos una uña siquiera. Es cuestión de equiparar el valor de todos los seres humanos. Ellos no son mejores que nosotras, ni viceversa. Y en las disputas por los afectos de alguien, se hace imperativo sustituir la urgencia de ganarse a la otra persona por la ejercitación del respeto a nosotras mismas y a las/os demás.
* Periodista guatemalteca

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