| Quemar el rancho
Muchas palabras usadas al hablar de la infidelidad se refieren a la "relación paralela" que hombres "comprometidos" mantienen fuera de sus hogares. "La sucursal" describe tanto a la persona como al lugar físico donde esa relación se "desenvuelve". "La Casa Chica" es la que un casado "visita" a deshoras, cuando "dice" que "anda ocupado, chambeando". Allí puede tener otra familia. Se supone que también la sostiene económicamente, pero muchos cohabitan con varias mujeres que lo mantienen a él, "becado".
"La querida" es "la otra", esa infeliz, desgraciada, que rompe el orden matrimonial; ama desde la ilegalidad, a escondidas, en sitios apartados, moteles o "casas de citas". Algunas "queridas" gozan de más libertad y pueden andar abiertamente con el casado. Las señalan de "largas", casquivanas, putas. A "la otra" también le dicen concubina porque vive amancebada, sin documentación que legalice su unión -- "matrimonio de chuchos", le llamaban antes. Algunos adúlteros que se las dan de elegantes llaman "dama" a la amante de turno, si bien le va, porque también se refieren a ella en formas despectivas como "culos", "hoyos" o "trampas". La esposa "histórica" o titular, llamada también "la vieja" o "la bruja", es la relación oficial, establecida y reconocida. Ella suele ser quien se queda en la casa y guarda las apariencias, acumulando resentimientos enfermizos, o consigue un su "conquién" y desquita el tiempo perdido.
Ser "la casera" de alguien es un cautiverio: implica estar al margen de la sociedad, estigmatizada, siempre esperando los "encuentros furtivos". Aunque el hombre le jure amor apasionado, casi siempre es considerada como un "segundo frente". El sentimiento de amor que lleva a entablar esas relaciones dispares suele terminar convertido en rechazo, cólera y odio, provocados por insatisfacciones, postergación y engaño.
La infidelidad está marcada por la lucha de clases. Muchos hombres de dinero abusan de su estatus para mantener en calidad de esclavas a mujeres con menos recursos que les "prestan", más que todo, servicios sexuales. De estas relaciones no se espera fidelidad, no se establecen pactos duraderos, cuando mucho se hacen promesas vacías. Los hijos de tales relaciones son llamados "bastardos", y cuando son reconocidos legalmente se procura alejarlos de los círculos sociales del padre. Estas formas de relacionarse han producido sentimientos que, a la larga, se vuelven destructivos. Hombres que han abandonado mujeres e hijos provocan reacciones cargadas de ira y rencor. Mujeres con mil reclamos pendientes suelen terminar frustradas, amargadas, mal.
No contamos con cifras ni datos que permitan establecer quiénes son los que más "queman la canilla" o "el rancho". Hay mujeres casadas o con pareja que tienen sus coqueteos, lances o relaciones extra-conyugales con tipos que les ofrecen atenciones, comprensión, afecto o mejor sexo. He escuchado a muchas añorar una relación de este tipo para volver a sentir el cosquilleo, la atracción, las humedades que con años de matrimonio quedaron sepultadas. No faltan las que se aprovechan de su "pegue" para conseguir "favores" de varios "ingenuos" que caen en la trampa; para ellas éste es un pasatiempo divertido que, si se juega con cuidado y conocimientos, llega a sustituir las relaciones formales. Tener un/una amante joven suele ser una salida ante el tedio, la costumbre e indiferencia que hacen presa de parejas instaladas en la inercia y el aburrimiento.
Decirle a una persona el nombre de otra es una gran ofensa. Para evitarlo, se usa "mi amor" o "mija / mijo", y con eso "se salva el clavo". Las mujeres se refieren al "galán" como "Aquél", para no nombrarlo directamente, a sabiendas que el anonimato es requisito fundamental para no verse descubiertas.
En las infidelidades siempre están en juego la astucia, las falsificaciones y engaños. No es de extrañar, pues, que el corazón, en vez de sentirse pleno y gozoso, se vuelva el hogar de la desdicha.
* Colaboradora de La Cuerda, Periódico Feminista Guatemalteco

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