Después de 18 años de casada mi relación se volvió monótona y rutinaria. Empezaron a agudizarse los problemas con Luis, mi esposo; perdimos la comunicación, los gestos afectivos y de cariño, y por último, se deterioró el deseo de tener intimidad. Con tres hijos y a los 35 años me di cuenta que algo faltaba para sentirme completa.
Busqué la manera de salvar mi matrimonio. Consulté a un médico que lo único que consiguió fue hacerme sentir culpable; dijo que la frigidez y el bajo nivel de estrógenos (el climaterio) me estaban atacando y que era yo la causante del problema. Empecé con un tratamiento hormonal que no dio resultado: sólo aumenté de peso y el deseo nunca llegó.
Intenté buscar ayuda con un consejero conyugal, pero como Luis no aceptó que teníamos problemas, allí quedó todo. Cada día que pasaba me sentía más frustrada y vacía.
Sin imaginarlo, un día mi vida cambió. Nunca pensé que en la clase de baile, un hombre de ojos claros y piel canela iluminaría mi vida. El profesor me enseñó lo necesario para aprobar el curso... y algunas otras cosas. Nos conocimos más allá de la materia; empezamos a salir, intercambiamos experiencias y fluidos. Descubrí entonces que no era yo la del problema, mis estrógenos estaban bien, y de frigidez, ¡nada!