Dice Didier Anzieu en su libro El yo piel, que "el cuerpo es dimensión vital de la realidad humana, dato primero, irreductible a otros. Sin embargo ese cuerpo es negado, está ausente en la enseñanza de la vida cotidiana, es ignorado por el psicologismo". Teniendo en cuenta a este ser biopsicosocial y considerando que nos gestamos como un cuerpo en el interior de otro cuerpo, el que será significado por la estructura familiar y el orden social, dejando huellas en lo imaginario corporal, y que superando las limitaciones del lenguaje oral, será la base material de los procesos psíquicos.
El cuerpo es un lugar de registro de las necesidades, lugar de deseo, de afectos, de emociones y la historia de un sujeto puede ser analizada desde esta perspectiva: la relación de un cuerpo con otros cuerpos, lo que se da en sucesivos vínculos, registrándose experiencias de placer, de dolor, de satisfacción, de frustración, presencia y ausencia de otros. En esta sucesión de vínculos cada uno constituye su esquema corporal, vivencia emocional de identidad, a la vez que se conoce el mundo exterior que es el escenario de sus vivencias. Está instaurada la idea de que cuando la mujer se enamore y se case va a alcanzar una vida sexual satisfactoria, aunque lo romántico es una ilusión inalcanzable.
Dice Sigmund Freud que "la idea de felicidad individual, prometido desde lo social y lo cultural al cumplir con sus reglas, es una ilusión, una aspiración irrealizable y dañina como toda ilusión, de restauración narcisista, cuyo prototipo es el amor." Nuestra identidad no radica sólo en lo que somos aparentemente, sino también en lo que queremos ser y la comprensión de la sexualidad personal es para lograr estos fines.
La sexualidad se desarrolla durante toda la vida, en un proceso de aprendizaje, por lo tanto se va adaptando a la realidad en relaciones interpersonales, pudiendo a través de la creatividad sentir la vida como propia. El contacto con los brazos, los pechos y el cuerpo de la madre es el primer éxtasis que luego queremos repetir. Las experiencias sexuales del fin de la adolescencia, que suelen ser excepcionalmente intensas, son las que invaden de resonancias las experiencias posteriores, que afloran muchas veces dentro del matrimonio, pero las más, fuera de él, ya que los hombres y las mujeres hacen pactos de dominio-sumisión, que pueden ser reflejo de una predisposición cultural. .Los hombres tienen relaciones sexuales para afirmarse y conquistar, y las mujeres para conseguir seguridad, tomando a menudo estos vínculos sexuales dependientes, remitiéndonos a las primeras experiencias con quién más nos toca cuando somos niños, que es nuestra madre, considerando que es imposible conservar la vida sin haber Los hombres tienen relaciones sexuales para afirmarse y conquistar, y las mujeres para conseguir seguridad, tomando a menudo estos vínculos sexuales dependientes,
remitiéndonos a las primeras experiencias con quién más nos toca cuando somos niños, que es nuestra madre, considerando que es imposible conservar la vida sin haber sido tocados. Para Sigmund Freud, lo sexual está relacionado con la vida y las transferencias positivas en los vínculos extramatrimoniales, permiten a la mujer
descubrir su conflicto, reconocer la carencia y adoptar conductas y motivaciones funcionales.
Las vinculaciones extramatrimoniales mantenidas por la mujer, son un espacio donde depositar sus fantasías, donde puede ser protagonista y expresar sus deseos, en momentos en que éstos entran en conflicto con nuestra realidad psíquica, influenciada culturalmente, donde la creación se ve muchas veces obstaculizada por mandatos atávicos. En la búsqueda de la identidad sexual femenina, en interrelaciones dialécticas, crea este espacio (permitido para el varón), como un espacio donde poder ser, en un campo de ilusión, antesala de la realidad, con elementos femeninos (el del ser) y elementos masculinos (el de hacer), para lograr una identidad compleja que le permita realizarse, con una conducta que mantenga un equilibrio dinámico, con la posibilidad de jugar, de crear y de cambiar.
Estas vinculaciones permiten, a través de esos juegos, expresar una pluralidad fenoménica de la conducta, siendo el vínculo sexual un espacio transicional entre el mundo interno y el mundo externo, donde no sólo están los censuradores, sino también los permisos que tenemos dentro.