Año 3 Numero 14 Diciembre-Febrero, 2003-2004  




... la soledad
de la frontera
olvidada

Miro por la ventana a los autos pasar, pasar, pasar sin detenerse. Miro por la ventana el paisaje árido del desierto, escucho el sonido de las llantas rodando sobre un pavimento perfecto, y allá a la derecha un lote baldío y aquí a la izquierda un gran edificio de lujo, aparentemente impecable. Un edificio más, otro lote baldío, y otro más y una mole de cemento imitando a la anterior... cristales de reflectasol, edificios sembrados como flores de cementerio: uno aquí, otro allá, sin vida a su alrededor. Imposible dejar de preguntarse el porqué con estas maquiladoras que producen millones de dólares a dueños de empresas con nombres extranjeros, no hay inversión en obra pública, no hay parques ni jardines, ni escuelas, sólo parajes baldíos, que como sembradíos de basura y muerte rodean a las trasnacionales. ¿A quién le importa Ciudad Juárez? El abandono de las calles refleja el abandono de su gente, la miopía de sus gobiernos, la muerte de sus mujeres y niñas, la soledad de la frontera olvidada.
        Una niña de quince años, llamada Cecilia Covarrubias, iba cargando a su bebé cuando salió de casa, la hallaron con tres balazos en la espalda, su cuerpo marcado por la violencia sexual, sus manos poseedoras del secreto de su agresor: carne en sus uñas (DNA le dicen los científicos) cabellos del hombre que se sabía impune desde antes. Y allí está su madre, Soledad Aguilar, frente a mi, contando cómo el Ministerio Público tuvo las pruebas en sus manos y "alguien" perdió las muestras que bajo las uñas de la joven delatarían fácilmente quién es el culpable; se perdieron los cabellos del agresor, se perdieron las ropas de ella con huellas de él, con trozos de metal que podrían llevar a los investigadores a algún sitio donde se trabajan soldaduras, "hasta las soldaduras pegadas a la ropa de Ceci se perdieron," me dice la madre.



Cualquiera creería que se perdió la esperanza, pero no, allí está la madre, a tres años de haber identificado el cuerpo de su hija, ahora desesperada buscando a su nieta. Esa bebita que una de las casi trescientas asesinadas de Juárez llevaba en brazos antes de morir. ¿Dónde quedó mi nieta? Resuena en mis oídos la pregunta de Doña Soledad y me cuesta seguir ejerciendo el periodismo, alejarme de mi ciudadanía, de mi ser mujer e imaginar lo inimaginable. Me figuro a la pequeña en brazos ¿fue testiga de la violación, de los balazos? ¿Dónde está esa otra mexicana nacida mujer? Tres generaciones de mexicanas lloran en Ciudad Juárez y el Presidente Fox recibiendo en Los Pinos a los beisbolistas que quedaron en segundo lugar, celebrando lo bueno de México.
          Entramos a entrevistar a María López Urbina, en las estupendas oficinas de la PGR en Juárez, la Fiscal especial para la atención a los delitos relacionados con los homicidios de mujeres en Juárez. López Urbina se ve entera, rozagante, ilusionada. A la pregunta de si juzgarán a los policías involucrados en la corrupción policíaca que ha impedido que se encuentre a los asesinos y violadores, dice segura que sí ¿aunque sean judiciales? "Sí", ¿aunque sean agentes especiales de la AFI? "Sí", ¿aunque sean sus colegas del MP de la PGR? "Claro...habrá que investigar", asegura.
           Y allí mismo vemos cómo entran a conocer a "la Fiscala" la abogada incansable Lucha Castro, Evangelina Arce, la mamá de Silvia (asesinada y violada) la mamá de Cecilia, y la mamá de Brisia Janet (asesinada y violada). En las oficinas de junto, frente a sistemas de computación especiales que supervisa la Fiscala, se encuentran 20 elementos del MP especializado, todos hombres, ni una sola mujer investigadora, resulta curioso.

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